out of virna

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Me trajo lindos recuerdos el quejido de la puerta. No sé bien porqué, porque era una puerta y nada más,pero a veces me pasa eso de que una boludez como una puerta o una lámpara me despierten la memoria.

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Entré con confianza. Después de tanto tiempo no había sido violentada la fuerte madera, así que relajé las hipótesis sobre eventuales saqueos.

Entré después de tantos años y me senté en la silla inmóvil, sin molestarme por la tierra que la cubría. Debajo mío crujió el cuero seco. Ya estaba medio cagado antes de irme, pensé. Me recosté un instante y me balancié un toque comprobando que aún conservaba una pata de atrás floja. Añoraba esta ceremonia.

Virna había dejado todo así, tan de todos los días, como si hubiera tenido intenciones de regresar horas más tarde. La ventana abierta me regalaba luz de tardesita de primavera, y entraba aire de lluvia mezclado con olor a pastos vivos y largos a sus anchas. Los podía ver meciéndose como espigas de trigo, asomaban testigos de mi vacío. La pava gastada aguardaba sobre la hornalla grande. El mate y la lata de yerba hacían guardia sobre la mesada.

Todo parecía estar sumido en una foto antigua, un punto en el universo que había burlado el paso del tiempo. Me detuve en la otra silla, parecía que no hacía ni cinco minutos que la había puesto allí para alcanzar la guita que guardábamos sobre la alacena.

De pronto sus palabras se hicieron eco en mis oídos.

Un fino manto de polvo cubría todo dándole el tono sepia de la nostalgia. Escondí mi cara entre las manos un instante. Bastó abrir los ojos y enfocar en la mesa para ver los cráteres que ahora dejaban mis lágrimas. Los estudié un rato, masticando la agonía de un desahogo que va muriendo entre agua, sal, y polvo.

Estaban cerca de los cráteres, pero no quise verlos. Aún así los había sentido apenas entrado. Despedían un calor intenso que atraía sin misericordia. No era un calor cálido, era más bien el calor de hielo curtiendo la piel. Me llamaban desde su desorden olvidado. Parecían brillar a pesar del polvo.

Los miré, las miré, miré los centavos, miré las monedas. Escribí en mi cabeza con un arroba, tras dudar un rato cómo llamarl@s. Virna se hubiera reído. Tal vez se esté riendo ahora al leer esto. No sé igual porqué, pero se hubiera reído.

Clavé un dedo en la mesa y dibujé círculos y curvas, y fui cercando cada una de las monedas. Traté de no tocarlas. Hice como un barro con mi agua salada. Y salté con dos dedos sobre las graciosas monedas. Diez eran. Seis de diez y cuatro de cinco.

Ochenta centavos reunían. Debería tomarlos, son lo último de ella.

Dios, cómo la extraño!?.

ladies1r.canapé

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