
Me llevaba el retraso a los apurones por Dean Funes.
Al principio había intentado mantener un ritmo tranquilo y normal, cosa de no transpirar mucho, pero ya hacía 5 minutos que una aureola húmeda se abría camino bajo mis brazos. Cargaba la mochila y el calor que ésta me provocaba avisaba que la espalda no se salvaría de la misma suerte acuosa.
Odié estos días de semana tan luminosos y cálidos. Siempre auguran un fin de semana disfrutable, pero viene el pronósitco y PAM! lluvia para sábado y domingo.
Me había agarrado sed, asfixiante sed. Y todavía me faltaba casi la mitad del trayecto. Puta, me dije, va a ser un día de mierda. Esto de hacerme el pro jipi caminando al laburo fue una tremenda boludez.
Quién me dará algo para calmar mi sed?, canté en mi cabeza. Aunque no supe si era así la canción, yo que sé.
Iba en esa cuando pasé y vi la puerta abierta de uno de esos pasillos que siempre me hipnotizan. No sé porqué me sucede eso. Me atraen con su mística de garganta profunda invitando a entrar, como queriendo tragarte. Suelo imaginarme distintas personas y cosas saliendo de las distintas puertas, a coro capaz, para darme la bienvenida.
Lo que más me intriga es el fondo, donde se ve una curva o un hueco oscuro. La incertidumbre que aguarda por allí detrás se hace gallina en mi piel. Me recorre un susurro especial cada vez que me encuentro ante una puerta de éstos vecindarios; más todavía si está abierta. Me imagino historias, me envuelvo en un frenesí mágico.
Me detuve, y me debatí entre entrar o no. Mas bien trataba de encontrar una excusa por si alguien me atrapaba deambulando por esa víbora fresca.
Debería vivir en un lugar así, me dije. Y di un paso para continuar mi camino.
Pero el rabillo del ojo me avisó que volviera porque había visto algo. Le hice caso. Retrocedí como rebobinando. Me alegró tener estos estúpidos pensamientos en un día en que todo venía saliendo mal.
Miré al fondo y distinguí dos brazos metiendo y sacando un secador con trapo de piso. Entraban y salían del pasillo, de mi visión. Y estaban al fondo, bien lejos, 40 metros serían.
No pude apreciar si serían de las clásicas encargadas de los vecindarios, o si serían de las clásicas hijas de las clásicas encargadas de los vecindarios. Pero me mandé. En 40 metros no podía no encontrar una excusa.
Me acerqué con precaución, tanteando la situación. Disfruté cada bocanada de aire fresco que me brindaba ese espacio de otro mundo. Era un microclima elaborado de aire menos denso que en la calle, sin tantos ruidos usurpándolo. Un leve olor a flores silvestres iba y venía por el corredor, como un marcito, me pegaba oleadas renovadoras. Fui poco a poco recobrando el aliento y estabilizándome, recorrido por brisas a las que podía imaginar si me ponía un poco en loco. Me sentía envuelto en una propaganda de Poet, con mariposas digitales y todo.
A medida que fui acercándome empecé a oír una vocecita tarareando mal una melodía bien. El corazón se me agitó.
–Disculpame, no tendrías un vaso de agua?…
–Cómo no!… Tomá… –me dice, sin sorprenderse de mi furtiva presencia, y me estira el secador. –Ya te lo traigo… Querés comer una fruta o alguna otra cosa? –siguió diciendo, mientras se secaba las manos en el delantal desteñido que llevaba puesto sobre un shortcito y remerita blanca ajustada.
–Ehhh… una manzana? –dije, medio desencajado.
–Dale, dale… –sonrió de buena gana.
Sus dientes asomaron entre labios casi carnosos de unos 20 años.
Y continuó. –Vos andá repasando las huellas que me dejaste por todo el pasillo… Después juntame aquellas hojas y ponelas en aquella bolsa de basura… Yo ya vuelvo si?….
Ese día no llegué al trabajo. Pero volví a casa enamorado.



r.canapé