(conociendo a virna V) the origin of love

Esperaba a alguien. Se la notaba un tanto nerviosa, como que hacía buen rato que aguardaba. La boca mordida de rabia, los ojos entrecerrados. Ufff, las bolsitas que se le hacían debajo de los ojos entrecerrados, me volvieron loco apenas la vi.

No recuerdo el nombre del restorán donde estaba. Siempre me pasa, los asocio más con la especialidad de la casa que con el nombre. Mis amigos lo mismo, los lugares no tiene nombre, se llaman El Matambrito, Los Napolitanos, nos encontramos en El Escalope, vamos a Bomba de Papa.

De todos modos me acuerdo perfectamente de dónde quedaba el lugar. Yo estaba enfrente, fumando bajo un techito porque llovía. La vi desde allí, parecía un maniquí, en la vidriera. Estilizada, bonita. Todavía más con esos ojos que se cierran desde abajo. Ojos morochos tan negros como su pelo. Piel blanca. Labios rojos de bronca. Piernas grandes. Las mostraba coronadas por una minifalda, aunque lloviera con frío. Seguro esperaba un novio nuevo o un chongo, porque las minas no se producen tanto para un novio gastado.

Ahí estaba toda ella, en la pantalla grande, esperando dentro del restaurante. Tendría doble bronca de que el clima la obligara a esperar en el lugar, rodeada por la cara de orto de las meseras y el baboso del cajero, aparte de los pibes del delivery o los clientes que le miraban el culo al pasar. Nadie desea esperar dentro de un lugar, es preferible apoyarse en el vidrio, o esperar bajo un techito como era mi caso.

Me causaban mucha gracia sus cambios de postura, o cómo consultaba el reloj cada un minuto. Si uno tiene que esperar y ni siquiera está fumando, un minuto puede padecerse como quince, es fija. Ya estaba nerviosa, refunfuñando, puteando por lo bajo. L a salpicaban promos de almuerzos y desayunos. Que napo con fritas ó grillé con papas noiset. Café con leche y 2 medialunas estaban a la altura de la cintura. Por la boca, más o menos, tenía la frase todos los menús incluyen bebida y postre.

Yo leía perfectamente desde donde estaba, pero así y todo me crucé de vereda haciéndome el boludo. Me dije que mientras también esperaba (a mi amigo), bien podía apreciar a una mujer tan bella más de cerca. Crucé y me hice el concentrado en leer los menús que pintaban el vidrio. Le atravesé la mirada algunas veces; en todas me rechazó con un latigazo, casi siempre al reloj que sólo se limitaba a reafirmar lo estúpida que se sentía.

Decidí respetar al destino y darle chance a que mi amigo apareciera. Tenía ganas de meterme de una y encararla, pero me excusé tras los códigos de amistad (y mi cobardía, capaz). Ella parecía a punto de irse, y yo que no aprovechaba la oportunidad de reemplazar al imbécil que la dejara plantada.

Por suerte la balanza de las circunstancias se volcó a mi favor, y casi con el pitazo final vibró mi celular. Aleluya!, comprobé que mi amigo me entregaba el faltazo en bandeja. Me dejaba servido el manjar de la oportunidad, el penal de la victoria. Me abría la puerta al camino de la gloria.

No perdí tiempo. Entré a buscarla, invitarla a apaciguar el malestar por el desplante. Cómo era posible que alguien plantara a semejante hermosura? No me entraba en la cabeza. Igual no tuve intención de decírselo así, porque hubiera sido agrandarla; y eso en una mujer es como meter pan en el agua: se hincha, y cuando lo querés agarrar se te deshace todo y lo perdiste.

Entré, caminé decidido a su encuentro, y le hablé de una.

–Disculpame, hola… mirá, te vengo viendo desde hace un rato, y veo que estás esperando a alguien que no llega… y me pareció injusto… te importaría… –usé esa palabra que usan los yanquis en las pelis y siempre les trae suerte–, almorzar conmigo?

–Perdoname, pero no te conozco… –Contestó, endureciendo apenas el rostro.

–Ahhh… eso puede arreglarse… –saqué la billetera y le entregué mi cédula–. Ahí está… ese soy yo, un gusto…

–Jaja… –Se le cerraron aún más los ojos. Dios, casi muero ahí mismo–. Muy original, pero no… –Torció la
cabeza, como cuando les da lástima un perro vagabundo o una paloma herida–. Sabés qué?, podrías escribirlo… y ponerle un final más feliz no?…

Me lo dijo tan dulce que no pude sentirme forreado. Me quedé mirándola, imaginando una vida con ella y que me mandara a la mierda en ese tono; y que linda la vida al lado de una mujer que hasta puede cagarte con otro delante tuyo y decírtelo así tan dulce, no?

Le sonreí y no dije palabra. Lo suyo había sido brutalmente más original que mi frase de manual. Quedé hasta contento por la sutileza con que me había descartado.
Pegué la media vuelta. Ya está, iba a comprarme algún sándwich por ahí. Qué más podía hacer?

–Roberto… –Me llamó, pero no alcancé a escucharla.

–Roberto… –Insistió. Esta vez acercándose, y tirándome apenas de la campera.

Frené y me volví sorprendido.

–Esperá… sabés qué?… mejor, no me gustaría almorzar sola…

r.canapé

BORN TO be

aniquila.
estorba. estropea.
un discontinuo en el camino de franjas blancas /trazadas desde otro universo

down. por qué bajar parece tan malo?
te sirvo mi cerebro partido. re partido,
……………………………….entre ideas y vueltas

aniquila mi torpeza.
estropea mis mundos imaginarios.
por qué será que los huecos terminan tapados?
con rankings incipientes, insistentes /in out

tengo este impulso
cual tela de araña
me da bronca que siempre sea cuando no puedo hacerme el héroe.
le pongo excusa a mi tontera
(bozal a mi alergia moderna)

abucemos.
la vida la tenemos entera
toda junta en cada entierro
de minutos náufragos entre desaciertos

venganza de los años adolescidos
que (nos) supieron advertir.
nos creíamos conflictivos
dando lucha al no-future
que supimos conseguir  /por temor

renazcamos.
soltemos /sal también.
se nace sabio, fresco.
el mundo nos va arrancando como ramas
las virtudes de aprenderlo.
nos induce a aprehenderlo
y caminar como buenos ciegos.

yast e litel peiyæns

La madre tiene paciencia por naturaleza, haría cualquier cosa por su hijo. He estado buen rato, por noches interminables, observando cómo mese a nuestro hijo hasta lograr dormirlo. Yo, en cambio, cuando me ella da el pibe para dormirlo, tengo que comprar paciencia de donde sea, porque no es mi naturaleza. Pierdo los estribos en la primera de cambio, y pareciera que mi mujer disfrutara con que no pueda hacer dormir al chiquito. Parece empeñarse en demostrar que ella lo maneja mejor que yo. Reconozco el tremendo esfuerzo que hace, pero así y todo ella no da ni un poco de tregua, me clava el puñal con las reglas de juego.

Llego de trabajar y la madre me está esperando, seguramente tan cansada como yo. Me pide que lo cuide un ratito, que lo haga dormir. Me lo entrega, con un moño si hubiera sido posible. Y ahí estoy yo merendando puchero, con el perro saltando alrededor para que lo salude como hacía hasta hace tres meses.

Agarro al chavalito en brazos, y automáticamente la entereza se deshace a pedazos frente a sus ojos de búho, o los berrinches prolongados hasta el afonismo. En un instante paso a tener en brazos una bolsa de gatos y se me pasan por la cabeza mil opciones para callarlo, muchas para nada ortodoxas. Llegué un día a casi darlo vueltas cabeza abajo. Es posta, sentís que le aplastarías la cabeza a tu propio hijo, o que lo harías animalito de globo, como los magos. Son capaces de generarte los sentimientos más extremos.

Cuando sucede esto de noche, los ojos se te parecen a un tragamonedas. Amagás a sentarte y el pibe te tira un ah delicado, se remueve un poquito, es como si te dijera bue, si vos no me movés, me muevo yo. Y no hay tiempo para pensarlo, es un guantazo a los nervios. O te parás y hacés lo que te induce a hacer, o te armás de buenos tapones para los oídos. El climax es progresivo, a medida que uno se pone más nervioso el chico invoca más demonios a su garganta y cuerpo. Se retuerce como víbora, y te preguntás porqué no se lo llevaste a la Pichona para que le curara alguna de esas cosas que las abuelas dicen que los bebés se pegan: mal de ojo, culebrilla, serpentina, no sé.

Hay una barrera que pasar. Un segundo límite. La ira va creciendo lentamente hasta que un mazazo te da en los huevos y éstos pegan en la campana de la cabeza, con violencia. PAM. Tocaste fondo. Lo querés matar. Un segundo de pérdida de la cordura. Sentís que te salís de vos mismo, y que serás el cuco al que tu hijo temerá cuando entienda del miedo como palabra que lo clasifique. Te ves de lejos con el chico en brazos, e imaginás dándole un patadón de arco a arco. GOL.

Un segundo. El chico te tiene agarrado de las bolas, y lo sabe. Cuanto más nervioso te pongas, él se cebará más y más. Lo entretiene clavarte el llanto en la llaga. Estará aprovechando ahora para amansarte? Será que te está preparando para el futuro? Si podés con esto, en el futuro estarás acostumbrado a mis berrinches, y podré ser todo lo caprichoso que quiera. Es eso, o es que te amasa para que vayas entendiendo que de este laburo no zafás, que vos lo invitaste al mundo y ahora tripa y corazón papi, no hay vuelta atrás, aprendelo ahora, vamos de a poquito, de la mano, juntitos. Vos andá destensando los nervios, relajando la impaciencia, aflojando la ansiedad. Y yo voy aprendiendo de a poquito que el mundo no es como yo solo lo quiera sino como pueda convivirlo con los demás, especialmente con vos y con mamá.

Creo que el nivel de locura de las personas se mide en situaciones como esta. Si sos propenso a que tu cabeza se dispare hacia la incoherencia y la psicosis, momentos como este son los indicados para destapar la olla. Si los superás, ya sos otra persona. Es lo que probablemente te convierta en alguien más templado, con capacidad para entender de paciencia (y aunque la pierdas, tengas idea de cómo recuperarla).

Si pasás ese segundo infernal, lo demás es descenso hacia la tranquilidad. Es como abrir los ojos tras vomitar beodo. Ves todo más claro. Volvés a tomar el control que hasta ahora era del chico. Recuperás la compostura y tus pensamientos vuelven a ser tuyos. Le das palmaditas, y descubrís que por lo menos le podés meter ritmo y ayudarte a vos mismo a no pensar en que no se duerme el pibe. Si te animás hasta le cantás. Si sos más osado, hasta inventás algo para cantarte a vos mismo. En definitiva, también vos necesitás la calma que querés que él tenga (esta frase te la habrá dicho la madre ya varias veces: no te pongas nervioso, que lo ponés más nervioso). La empezás a remar y él empieza a cerrar los ojitos despacito, despacito, deeeeeeeesssssspaaaaaaaaciiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiitttttttooooooooooooooo, despacito…

Es el momento que estabas esperando, pero es necesario esperar un poco más. Que se desmaye. Sabés que tiene que ser así. No flaquees ahora, o todo estará perdido. Hay que mantenerse frío y no pensar en que querés que se duerma. Es como cuando te dicen que no te maquines con los fantasmas y vos imaginás más espiritus. Es como un pedazo de canción te gira en la cabeza en loop, y no te la podés sacar de la cabeza. Lo mismo que tener insomnio: pensar que no te podés dormir, hace que no te puedas dormir. Los hijos se vuelven un dolor de muelas, y querer que se apaguen hace que se vuelvan a encender. Así que hay que irse, ponerse en modo IDO, y hamacar al chico un poco más. Y encomendarse al dios que te toque, para no caer rendido antes que él y que se rompa (otra vez), en un llanto de locos.

Pd: la otra noche, con Simón atacado al estilo Linda Blair, y tras una semana en ese mismo tono, mi mujer me confesó que a veces también ella lo quiere matar. Eso me dejó tranquilo, porque ahora sé que es humana y entiende mis padecimientos. Por su lado, el chavalito, hace las mil y una noches sobre nuestras cabezas sabiendo que, cuando se le viene el agua, tira una sonrisita y nos pone tontos, cachondos, blanditos, pelotuditos, baboooooosos

Pd bis: anoche estaba cambiándole el pañal a Simón, mientras jugábamos un rato. Él estaba con la novedad de gesticular con la boca, como si hablara. La madre andaba por la cocina preparando unas milanesas. Simón amagó un par de veces, hasta que dijo mamá, por primera vez. No tengo palabras para explicar la emoción.

(nana nana)

hoy todas mis direcciones got lost
mire donde mire
caen en main street…

me voy ajeno al mainstream
por callejones invisibles
oculto, creyéndome de culto, the cult…

qué tan fácil puede ser rimar pavadas?
es darle paliza a la poestría
y señalarle las lagañas…

charlas imposibles
hablarte al oído mis ganas
y arrojarme desde el penhouse de la rutina
(nana nana)

when i’m open

volví a caminar la ciudad de ojos cerrados

antes una metro lejana, hoy mía

flunk, una radio en mi cabeza, mermelada de perla

flashes de gente, matiz del submundo negro

9 de Julio removiéndose ansiosa

cómo te extraño Mayo cuando a la par me rosa sin verlo(a)

abrir las pausas y encontrarte entre rejas

de qué lado está el encierro?

yo es siempre tu

–Viste que las parejas de buen tiempo siempre tienen apodos íntimos?… es muy loco… a veces te das cuenta si se llevan bien porque tienen apodos entre ellos, o como el orto cuando se hablan por el de pila … o si los apodos son medio cabrones, viste?… como cuando a tu mujer le decís gorda, pero, según dónde enfatices, le estás metiendo cariño o la estás despreciando… Cómo será que nacen los apodos?…

–Mmmm, ni idea… nunca puse apodos…

–En serio?… y a mí cómo me vas a decir?… Virna nomás?… así de fácil?

–Si, claro… sos Virna no?

–Si, pero me gustaría que me llamaras por un apodo… algo entre nosotros, que otros no me llamen así, sólo vos…

–Mmm, alguien te llama por apodo a vos?… es tan lindo tu nombre que no necesita apodo…

–Vaaaaaaaa, lo decís para zafarte…

–En serio, tu nombre es bastante exclusivo… tons no necesita de un apodo… en cambio Roberto…

–Jaja, Roberto es un lindo nombre…

–No jodamos… Roberto es un nombre más fácil que la mierda… es como llamarse María… no sé por qué los padres insisten en poner esos nombres repetidos…

–Bueeeeeno, tenés tu apellido… es bastante particular…

–Ja, Canapé… sí, claro, para la gastada… de pendejo, en los cumpleaños de quince, mis amigos me decían que me tenía que ir cuando servían la cena, porque ya había pasado la hora de los canapés… me forreaban mal, con eso siempre, y otras boludeces…

–Ja, para mí es un apellido muy dulce…

–Claro, si…

–En serio lo digo… para mí Roberto Canapé es mi plato principal…

–Jaja… qué linda que sos… pero no me emociona que me digas Canapé, te digo…

–Naaaa… igual yo creo que te voy a decir You… hasta poray me lo podés decir vos también a mi…

–You?

–You…

–Y eso?… You de you?… inglésico o castellánico?

–Ja!.. del que vos quieras… según el día… no importa… de los dos… del inglésico sos vos, del castellánico soy yo… somos vos y yo, una mezcla de los dos, todo el tiempo… dos en uno…

-Che You, existen esas palabras?… inglésico y castellánico?…

-Si, no sé, creo que no… pero vos querías apodos íntimos, y you te doy palabras…

r.canapé

Los dueños del Taja

(texto publicado en la revista Arrecifes Sapiens de Abril 2011 en la sección «Lugares Comunes»)

De su historia sé algo por comentarios. Bien podría ser una muralla hecha para atajar el mar, o como dice la leyenda más firme: una construcción con la intención de retener el agua del río para hacerlo navegable. A lo largo del río Arrecifes, hasta su desembocadura, hay varios murallones como éste, aunque de menor tamaño. Parecen sembrados para convertirlo en una especie de canal de Panamá.

Se cuenta que el río bravo no aceptó que lo manipularan y embistió con crecidas tan grandes que inundaron ciudades; lo que obligó a dinamitar la orgullosa construcción*. Por la calles de Arrecifes todavía hay gente caminando que afirma haber escuchado la explosión que desparramó las tripas del Tajamar a lo ancho de la ribera.

Por mi parte a veces prefiero otras conjeturas más místicas. Me gusta imaginar al mismo Jesús construyéndolo en un arrebato por evocar sus años mozos jugando con ladrillitos, sufriendo la severa mirada de su padre y viendo como éste patea la construcción para que su hijo se dedique a lo que realmente debe hacer como hijo del supremo. Capaz el Señor se echó una soberbia meada y chau paredones.

Como haya sido, cuando sólo quedaron las ruinas parecidas a un gran tramallo abandonado y deshilachado, el pueblo olvidó y el monte lo hizo suyo.

Pero ¿qué decir? Estaba ahí esperando a que lo encontremos, como si fuera un Machu Pichu pampeano, una ciudad del Dorado, el paraíso de los parias. Se supo guardar a la vista de todos, como la foto de esos parientes que nadie quiere pero sin embargo están presentes. ¿Acaso será que el Taja hace quedar mal al río?

Esas rocas mutantes las conocí como el Tajamar, en alguna expedición fuera de los límites impuestos por los hasta ahí me dejan de mis padres.

Agradecí el amor a primera vista. Guarida intocable, inexpugnable. Lugar al que no iban a buscarte, del cual volvías si escuchabas los gritos desde la curva que nos separaba del Náutico. Porque ahí, entre esas piedras, no andaba cualquiera. Andaban los raros, los escondidos, nosotros que nos creíamos aventureros y al final nos hicimos raros. Será por él, a causa de él, gracias a él?

Mi vida y el río siempre fueron de la mano. Desde que caminaba al balneario, las dos cuadras que me parecían kilómetros, hasta hoy. Cuando descubrimos el Tajamar fue encontrar algo nuestro, más íntimo. Fue hallar el lugar en el mundo que sabés te va a estar esperando siempre. Como encontrar la caja de seguridad de mis futuros recuerdos.

Son incontables las veces que me tiré de la Olla. Temprano se impuso ante mí ese desafío y no supe esquivarlo. El frenesí de la caída libre, el agua esperando con su agresiva postura pero con brazos de seda para abrazarte en la gloria. Salir del agua y dar una bocanada de aire. Sentir que la fuerza pugna por quedarse con tu pantalón y sonreírse ante tu ridículo.

El Taja guarda secretos de madrugadas, amaneceres, ocasos, mates volcados y frentes lastimadas. Habla anécdotas de canoas partidas e intrépidos pescadores. Cuenta de saltos mortales a la Olla y piernas raspadas por los arrebatos de la fuerza. Se ufana de besos y abrazos, de polvos inolvidables y discusiones dolorosas, de osadías y adolescencias.

Abrumadores pensamientos nadando aguas torrentosas. Ideas aturdidas por el canto constante de las rocas y el río. Confesiones escupidas al agua, que danza creando esa espuma odiosa. Una solitaria botella de plástico, llevada de un lado a otro como si se fuera un ratón: el instinto felino de la corriente jugueteando con la basura que solemos escupirle.

Le tallé una cara un día, en la piedra rosada y permisiva que anima a la escultura. Tan solo una semana duró la obra y fue arrancada a la profundidad del olvido. El Taja no quiere tener cara, es miles de caras. El Taja es los parias, los putos, los drogones, los introvertidos, los solitarios, los negros, los grasas, los miserables que encuentran en esas piedras el sitio de paz interior. Es un refugio que no interpela.

Imaginé la invasión, cuando lo despellejaron en un intento por descubrir el brillante dentro del carbón. Contemplé el apocalipsis confirmado, con atónita tristeza. Y pensé en todos los que éramos tan habitué del lugar que ya nos sentíamos dueños. Maldije a los cielos, e invoqué nuevas meadas del Omnipresente para que barriera con la pueblada. Pero nada fue tan dramático como los pronósticos. Fueron pocos los que de verdad se le animaron al agua ruda, a entrar en el místico círculo de barrancas y piedras que se forma. Fueron sólo una vuelta del perro extendida, y la foto obligada como si el reflejo del sol en el agua fuera el Aconcagua. Es mucho más que eso, pero mejor no avivar giles.

El Taja es de esos lugares por los que uno desea hacerse cenizas a la muerte, y que te mezclen con él. Es de esos agujeros negros de la vida que te brindan energía. Es el primero que te enseña que se puede ser mejor después de que intentaron destruirte. Lugar que te hace sentir la presencia de aquellos que ya no ves tanto, y sin embargo él los guarda para vos. Te guarda los momentos. Te los susurra al oído. Te refresca la memoria con su murmullo imparable, incansable. Te convence de que no necesitás palabras. Como cuando te cruzás con alguien por la calle, de lejos, y lo mirás, y te mira, y ambos dicen con la mirada que , que nos vemos en el Taja.

 

 

*30 de Junio de 1922 – Fuente: http://tinyurl.com/6b8sh2k

bla

tenía ganas de dibujarte con mis dedos
manchar con las tripas todos tus intentos
decirte en la cara
(mostrarte los dientes)

me sentís venir, siempre va a ser así
olor a verano, manos secas
bombas de año nuevo que te hagan cagar células madre
hay muchas maneras de repetir lo mismo que ya te conté
pero nos gusta el ritual
nos pone a punto, nos enciende

yo, muchas veces te invoco
me grafico los tendones saltando aliviados
por los aires, salpicándote mis entrañas
(gritarte afónico, como una foto)

dibujo ventanas con mis dedos
para regar las plantas secas de mi espina
así sean hongos… * todos sabemos que todos sabemos
así me duelan hasta desarmarse las manos

soy capaz de batallar contra mi infinito
aprendí a morirme solo
y resucitar en tu compañía
(sacarte la lengua, cagarme de risa)

taparía las letras de estas palabras
las desordenaría contra mi voluntad
pero quedarían bajo el polvo
latiendo con la misma puta ventaja
que les dio caer todas juntas…
porque saben que ellas son de ellas

qué sé yo porqué me eligen a mí
cada vez que se les sale la cadena
debe ser el cosmos pintando moralejas:
acá cada uno caiga como caiga, se ordena…

no me importa a quién carajo hayas leído
soy pésimo para los nombres
da lo mismo, entendelo
ahora es tuyo, y yo desaparezco…

neón

poquitos…

un sábado o viernes
sin nervios a la vuelta del día
sin gritos en el universo

bicicleta en un poste de bondi
como podíamos antes…
dormirnos en el insomne
frenesí del lenguaje…

pondría un grabador, de estoico centro de mesa
para escuchar el paseo de la cabeza
cuando no la estamos vigilando…

dos o tres… no muchos…

ni el apuro de la última botella
ni abrí la ventana…
si algo tiene buenos aires, son las terrazas
no hay como las terrazas de Buenos Aires
la puerta a las estrellas, arriba y abajo…

colgar, sabiendo que mañana olvidaremos todo
y nos daremos cuenta que no teníamos pilas…
but! el hilo queda atado en algún lado
como los pelos que se juntan en el desagüe…

algo va persistiendo…

si pudiéramos abrir nuestras cabezas
y desgrabar tantas cosas perdidas
que me las acuerdo por el sentimiento (no el sentido)
sería muy aburrido
y ya ni hablaríamos por teléfono…
ni por chat
ni en los sueños…

(ni qué hablar de la copa
…me miraría, vacía de vino)

la montaña del terror

Cuando nació Tomy, mi sobrino postizo, fui a verlo a la casa de sus padres. Como cualquier persona normal, yo lo miraba desde lejos y decía qué bonito y esas cosas, negando con las manos así, para no alzarlo, por temor a que se rompa. Las mujeres suelen decir muchas frases que empiezan con ay mi viiiiida, pero nosotros los hombres decimos qué bonito o similares, como para cumplir.

La realidad es que para mí los bebés eran todos iguales. Un Nenuco con el que juegan las mujeres. Eventualmente eran una criatura por la que mis amigos/hermanos perdían la cabeza, y mutaban en actitudes que comprendía poco desde mi óptica de macho aún no reproducido.

En la visita a territorio familiar, que hasta hacía días tranquilamente podríamos haber llamado aguantadero, todo empezaba a cambiar. Cambiaba el aire, cambiaban las cosas que había tiradas por todos lados, cambiaban pañales. Todo muy lindo.

–Pedimos empanadas?

–Dale…

Contra todo pronóstico, al poco rato sonó el timbre del delivery. Y algo sano y normal se volvió la montaña del terror.

La madre, que le estaba dando la mamadera al bebé, sin nervios le dice a mi hermamigo.

–Bajo con vos, querés?… –Se gira hacia mí. El cielo se oscurece–. Quito, te quedás con Tomy un ratito?… Tomá, terminá de darle la mamadera…

Montaña del terror, tren fantasma, pánico escénico. Todo lo que quieran. El frío recorrió mi espalda. Pero no pude hacer nada. Si somos machos para putear a un taxista en la calle, tenemos que serlo para enfrentar la peor batalla: contra un bebé.

Se fueron lo más campantes y me quedé con un pibe incómodo en un brazo, con el otro sostenía la mamadera que el chico estaba tomando. Recé porque regresaran pronto, antes de que la leche se acabara. Pero no, la leche se agotó y la puerta no se abrió. Habrían pasado tres minutos eternísimos. No sabía qué hacer. Me desesperé. Tomy miraba para todos lados; ya se dibujaba el puchero en su carita fresca.

Sabía, por haber visto de lejos, que después de tomar la teta, a los bebés hay que ponérselos al hombro y golpearles la espalda. Ya sé, mamás del mundo, eso se llama provechito; pero no lo tenía claro en ese momento. Ni siquiera sabía con qué grado de violencia debía animar esos golpecitos! Sólo me lo calcé al hombro y le entré a dar palmadas leves, sin tener idea de cómo poner la mano, y ni siquiera cuál era el objetivo final. Lo hice por imitación. Y el bebé eructó sonoramente, o vomitó, ya no recuerdo. Yo era presa del pánico, y sólo quería que volvieran los padres YA!!!.

Cuando regresaron intuyeron mi cara. Se rieron de mí. Ahora que lo pienso, capaz estuvieron todo el tiempo detrás de la puerta gozando mi desesperación.

Sucede que yo les tenía mucho miedo a los bebés. Incluso me parecían algo aburridos. Para mí no hacían nada, y eran tan delicados que ante el solo hecho de que lloren creía que podían explotar en pedazos. Y cómo explicaba yo a sus padres que el chico había explotado porque yo no había sabido acunarlo o darle mamadera?

Una especie de carga-culpa que llevé conmigo hasta que nació mi hijo.

Mientras Simón estaba paveando en la panza, demorado, afuera esperábamos asustadísimos. Yo temía más que nada al momento en que, una vez salido de su madre, tuviera que seguir tras de él y hacerme CARGO. Me daba pavor el primer cara a cara con esa criatura. Peor aún cuando me dijeron: vos le vas a poner la primera ropita, y me clavaron la mirada para disfrutar de mi sufrimiento.

No me ponía nervioso el parto. En ese momento uno es el puntal de la madre, todo bien, somos el hombre del hogar, le hacemos frente y ponemos el hombro para sostener a nuestra mujer. Pero asegurarte de ser al primero que verá el chico, es querer volver a las pesadillas de adolescente.

Pero por alguna maravilla del mundo animal, cuando el pibe es tuyo las cosas te brotan como si fueras manantial. Todos los miedos se desvanecieron apenas lo vi salir de su madre. Me pasó la vida por delante en un instante, hasta comprobar que respiraba y llenaba sus pulmones de grito y llanto. Y después, riendo, empecé a acompañarlo. Punto de partida.

Sobre la camilla estaba mi hijo. Era mío, si se rompía era romperme a mí mismo. Era yo ahí en bolas. Lloraba y no lloraba. Tiraba manotazos de hip hop y me los acertaba todos a la cara. Yo atajaba embobado como un Rocky.

Simón era frágil, sin embargo mi miedo había desaparecido. Hacía minutos él nadaba dentro de su bolsa líquida, solitario, piolón. Pero ahora estaba a solas con su padre, para mostrarle que está bien, yo sé que no entendés una mierda, lo mismo me pasa a mí, pero es natural… es natural que nos tengamos el uno al otro para hacerle frente… qué va!

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