desde ayer tengo esta cosa que me vibra el alma, y una frase que pica y pica:
man, pensá como quieras… pero comprometete
va d’enserio
Tengo miedo.
También tengo una casa y su deuda. Tengo un celular última generación, de los inteligentes (?). Tengo desde hace poco un auto. Tengo trabajo bien pago y obra social cara. Tengo la tranquilidad de que mi hijo que está viniendo va a nacer en una clínica privada, bien cuidado, con todos los chiches. Tengo comida en mi heladera o el dinero para obtenerla. Tengo una computadora, internet, teléfono, cable, luz, agua, gas, bla bla bla.
Tengo de todo, y tengo miedo. Cuanto más cosas tengo, más miedo tengo. ¿Será que al agrandar esa brecha que me separa de un chico que vive en la calle más miedo me da que quiera quitarme lo que es mío? ¿O será que creo que quiere quitármelo? Empiezo a sentirme como el perro que tiene carne en la boca y le ladra a su reflejo en el agua. Cuanto más tiene uno se cree con más derecho, con más peso sobre una vereda, o más velocidad sobre la calle. Uno cree que puede pasar más en rojo los semáforos, e incluso pisotear más a otros. Uno empieza a creer que es más dueño de lo que es de todos.
Tengo miedo de que un día pase algo de lo que veo a diario en los noticieros que se empeñan en mostrar cuán difícil la voy a tener cada vez que pise la calle. Por la mañana, si me descuido y me sugestiono, puedo salir creyendo que me esperará un revolver en la puerta de mi casa, o un asalto en el chino de la esquina. Las muertes se exponen cual Indec de delincuencia. Es tal el ánimo alarmista que se me ocurre evalúan poner a Carrió dando el pronóstico del tiempo. Y ojo, veo la inseguridad a diario, pero interpretarla en plan del miedo y del odio me indigna.
Sin embargo, mi mayor miedo es otro. Es el hecho de que mi hijo nazca y crezca y camine el mundo, y un buen día me pregunte: ¿Papá qué hiciste para que el miedo se acabara? ¿Qué hiciste para que el mundo cambiara?
Y no quiero responderle que: nada, siempre nada. Mi elección fue siempre vivir con miedo.
Tengo todo para darle a mi hijo. Toda esa seguridad comprada. Pero nunca podré explicarle qué hice para que el pibe que un día le corte la cara y lo cague a palos como me pasó a mí, no tuviera la necesidad de hacerlo.
Cabe preguntarse entonces ¿Porqué alguien necesita arrebatar a otro sus cosas materiales? No es una cuestión de ser violento por naturaleza (de esos hay en todos los estratos sociales, hay casos a diario que engrosan la hábil percepción periodística de inseguridad). Es una cuestión de necesidad, de encontrarse sin muchas de las cosas que enumeré antes, las cuales para nosotros es normal tenerlas.
Y ahí me vuelve la pregunta: ¿Qué hago yo para que los que no tienen mis mismas oportunidades las tengan en algún momento? ¿Voto un domingo cada dos años? ¿Voto a conciencia ese domingo? ¿Me relajo creyendo que ese es solo mi deber? ¿Le compro una hamburguesa a un pibe de la calle o le tiro una moneda al cartonero? ¿Voy más allá y escribo en un blog o trabajo en una sociedad sin fines de lucro que capitaliza el “gracias” y produce políticos con molde yanqui? Quizá sólo me quejo de que está todo mal y los responsables no lo arreglan.
Pero la verdad es que tanto como tengo miedo, también tengo la responsabilidad de tenerlo. Porque es mi culpa que yo no esté haciendo nada para cambiar esta onda del orto, este salvajismo del que somos presas y del que somos gestores. Acaso si agarramos a cualquiera de los “clase-media” que habitualmente viaja en subte y lo despojamos de su ración diaria, de su derecho de salud, de sus billetes en el bolsillo, no reaccionaría como cualquier “chorro” común y corriente? Pongámonos nosotros en esa situación y después reflexionemos.
¿Y entonces? Creo que empieza por reconocerlo. Por aceptar que del otro lado hay una persona que siente y tiene las mismas necesidades que nosotros, independientemente de que su manera de conseguir el pan sea distinta a la nuestra, porque él tampoco te pregunta a vos cómo hiciste para tener lo que tenés (poray lo heredaste y no laburaste nada para tener tanto). Y aceptemos que tenemos miedo, y que sobre todo no queremos vivir de esta manera ni de un lado ni del otro. Enfrentemos esa historia.
Me ha pasado que por mi aspecto me miren mal y con desconfianza en la calle o en algún local. Y cuando eso sucede en general me hincho y agrando mi actitud para que la cautela se vuelva miedo, por gracia nomás. Pero me pregunto: ¿Un pibe que vive siendo despreciado por la sociedad, porqué no va a tener una actitud agresiva? ¿Porqué no va a reclamar lo que le corresponde, así sea a los tiros? Todos intentamos sobrevivir y creemos que nuestra forma de hacerlo es la más justa, o en el peor de los casos es la única que tenemos. Y la realidad es que cuando está todo perdido, cuando tu vida no vale un centavo para nadie, ¿porqué vas a creer que la vida de otro lo vale?
Hace muy poco empecé a leer este blog: camilo blajaquis, donde un pibe ex-presidiario empezó a volcar sus poesías, sus pensamientos, sus ideas. Él está haciendo lo que muchos de nosotros podríamos empezar a hacer para que se multiplique. Él está tendiendo un puente entre dos realidades de una misma calle, dos realidades de una misma sociedad. Y digo dos porque en esta “guerra” de la inseguridad los que estamos más enfrentados somos de los escalones más bajos; una guerra que ni siquiera quisimos declararnos. Y esa división nos fracciona y parte, nos desgaja, nos está desarmando, nos está provocando para salir a la calle decididos a matarnos unos a otros en defensa de lo que es nuestro. Y así no puede continuar.
Para que realmente veamos que no somos los únicos corderos en nuestro mundo, el ejemplo nos viene de enfrente, de donde creemos que todo es ignorancia y violencia. La voz de alarma salta desde donde vemos sólo oscuridad, el grito que debería despertarnos de esta estupidez de creer que somos el ombligo del mundo.
Yo propongo que empecemos a conocernos y a reconocernos transitando estos puentes. Que hablemos, charlemos, encontremos nuestro lugar común, y construyamos. Que zanjemos las diferencias que asumimos, nos autoimpusimos y también dejamos que nos impongan. Que revolucionemos esta realidad proponiendo pequeños cambios posibles.
Propongo que demos vuelta el miedo y lo transformemos. Y propongo que no nos dejemos tapar los ojos por la bola de miedo que sentimos que nos amenaza, abriéndonos a la realidad que nos rodea y que podemos cambiar con simples actitudes. Porque nuestro único problema no es la inseguridad. La inseguridad es el problema con el que conviene tenernos asustados y el más efectivo para nublar el resto.
Para empezar propongo además algunas cosas sencillas. Una vez que nos habituemos a ellas creo va a nacer una necesidad de mayor compromiso, y con eso propuestas de cosas más complejas:
-Si nos sentimos inseguros en el barrio, acerquémonos a los pibes de la esquina y veamos qué onda, ellos también tienen sus propios miedos. Seamos amigos, poray no es tan difícil saludarse y habituarse unos a otros. Si sabemos quién es el otro y qué onda su vida, todo se hace más llevadero. Probemos con un saludo nomás.
-Si está mal la educación no nos quejemos cuando se toma una escuela, vayamos con nuestros hijos a reforzar esa queja y conducir esa fuerza a favor de un cambio; no para destruir, no para que sirva sólo de puño político para los que tienen el serrucho en la mano.
-Si está mal el transporte pensemos la manera de juntarnos y reclamar a conciencia. Hagamos nosotros el paro de subte por ejemplo.
-Si nos molesta el tránsito y nos asustan las muertes repetidas, empecemos por pensar cómo nos comportamos nosotros a la hora de estar detrás de un volante.
-Si nos molestan los cortes y la falta de luz o agua, sentémonos a rever si no dejamos luces de más prendidas, o si no es muy difícil arreglar la pérdida del baño que lleva 1 año escupiendo agua al pedo.
-Si nos quejamos de la mugre, ¿porqué mierda se nos cae el papel medio metro antes del cesto de basura? Hagamos el esfuerzo de acercarlo con los demás desechos.
Si nos respetamos tan pero tan poco a nosotros mismos, ¿porqué vamos a esperar que nos respeten los demás? ¿Porqué esperar que no vengan a chorearnos? ¿Porqué esperar que un político pegajoso con sonrisa Corega haga algo por nosotros?
Son pelotudeces, tan pelotudas que parecen chiste, y este texto parece escrito por un pastor. Pero si son pelotudeces, ¿porqué no podemos tenerlas en cuenta? El mundo se hace de pelotudeces, está lleno de pelotudeces así. Todas estas pelotudeces sumadas hacen que el mundo sea tan pelotudo, tan inexplicable, tan forro que a veces se vuelve inconvivible. Y nosotros somos tan pelotudos que ni siquiera podemos ocuparnos de pelotucedes tan sencillas como el sonarse la nariz.
Yo propongo que abramos los ojos, que empecemos a mover pequeños músculos para hacer lo más estúpido que esté a nuestro alcance y que sume para acomodar este quilombo. Si lo hacemos, en breve vamos a reconocer a otros que también lo hacen y vamos a sentirnos menos estúpidos, o no, eso ni importa. Lo que importa es que cualquier boludez cambia el mundo, cualquier caca que levantes de tu perro será una caca que no le cagará el día a otro. Y así, una cadena de boludeces evitadas.
Son pavadas como aleteos de una mariposa las que cambian el mundo por completo. Y las que nos liberan del miedo.
PowerPoint de locura ordinaria
Rodeó mi cuello con sus brazos flacos. Es tan delgada ella, que siempre pienso que se puede romper. Es sencilla, simple, una mujer sin relleno, como haciendo honor a su forma de ser. Es tan directa que por momentos me da miedo.
Me besó un largo rato. Yo la besé también. La abracé tratando de contener toda esa energía. Era demasiado. Pero no quería soltarla, quería aferrarme a ella y quedarnos así.
Nos albergaba la plaza del barrio, sobrando sobre nosotros un veranito bonus de abril, fresquito y delicado. Los dos medio amarillos por la luz de los faros, regalados para cualquier foto de Power Point dulzón.
Morirme contigo, dije.
Mentí porque ella tal vez quisiera escuchar eso. Las mujeres siempre quieren escuchar que uno daría su vida por ellas.
Me apartó con las manos al pecho, de golpe como un trueno. Me midió el gesto. Quise convencerla de que era cierto. Lo logré. Me dio otro beso. Ay dios que beso. Y se fue.
Las mujeres siempre quieren escuchar que uno daría su vida por ellas. Pero tienen que estar seguras de que no va a ser así. Por lo menos Virna.
r.canapé
starway to hell
hojas quemadas
Virna me miró sin ganas. Parecía perdida en un mar de incertidumbre.
–You, quemaste todos los fósforos?…
–Seee… Hoy mi estómago tuvo un duro encuentro con las fritas de Ñamñam… y me quedé sin cigarros justo en la hoja 24… Sabés que yo no puedo…
–Y no compraste otra caja? –me interrumpió.
–dejar en páginas… –intenté continuar. Pero ya no le importaba que diga lo mismo de siempre. Ya lo sabía.– Nop… no compré…
–Ves?…
–El qué?…
–Andá a la mierda…
r.canapé
al piste
Una turba de pajaritos amarillos piaba por comida. Me detuve a observarlos y tratar de comprender por qué emitían esos chillidos tan insoportables.
Vestían traje negro, camisa blanca, y corbata gris. Parecían pintados con stencil, tan prolijitos e iguales. No chorreaban ni una pluma, no desteñían ni un poquito. Sus crestas se veían encorvadas en la lucha contra el poderoso gel que las doblegaba. Imaginé, con algo de tristeza, los momentos previos en los que cada uno de ellos se estuviera arreglando frente a un espejo, ayudado por su madre pajarona, con una dedicación sublime, abordando un trabajo elaborado para terminar logrando ser igual al resto, enfundado en un uniforme delicado y pulcro, encerado y brillante. Y después el vuelo, evitando las corrientes de aire y las cortadas de camino bajo las cornisas de las palomas; que si esas te cagan, te cagan posta, y el olor a mierda no te lo sacás más…
Espié un poco aprovechando un hueco entre dos de los pajarillos. Alcancé a ver la mano grosera que ofrecía los granos de cereal. Los pequeñitos seres saltaban y pululaban de aquí para allá buscando ganar un lugar de privilegio. Se pisaban, se sacaban cuerpo, se picaban. Todo por acomodarse y ganar una ración más generosa.
El dueño de la mano alimenticia al principio había pasado desapercibido para mí. Pero ahora que buscaba sus detalles, me sorprendía no haberme percatado de su presencia anteriormente. Era un ser descomunal, un pájaro rubio y reluciente, henchido de algo que parecía soberbia y orgullo. Alimentaba a la turba con desprecio, sin estirar demasiado la mano, con ánimo compasivo. Y sonreía dientes, un pico con dientes!
Los pajarillos reverenciaban aquellas dádivas, y saludaban respetuosamente juntando sus alas y poniendo caras merecedoras. Nada podía perturbar ese instante de agradecimiento. Si eso sucedía, el provocador era neutralizado, empujado hacia atrás con las patas; incluso echado de la ronda. Después sí, cuando no se agradecía desaparecía la tregua y otra vez la lucha era sin contemplaciones. Eso si, nada de guerra a los ojos contemplativos del enorme pájaro de dientes y sonrisa falsos.
Me asquié del espectáculo y me alejé pronto de allí. Eché una última mirada hacia la escena y comprobé que iba moviéndose lentamente, conducida por el pajarón rubio. Los animaba con comida y cada tanto daba un imperceptible paso hacia atrás, haciendo que lo siguieran. A dónde los llevaría? Quién sabe?
Olvidé investigar el asunto cuando una paloma acertó mi hombro con su bendición popular.
(conociendo a virna II) deep corredor

Me llevaba el retraso a los apurones por Dean Funes.
Al principio había intentado mantener un ritmo tranquilo y normal, cosa de no transpirar mucho, pero ya hacía 5 minutos que una aureola húmeda se abría camino bajo mis brazos. Cargaba la mochila y el calor que ésta me provocaba avisaba que la espalda no se salvaría de la misma suerte acuosa.
Odié estos días de semana tan luminosos y cálidos. Siempre auguran un fin de semana disfrutable, pero viene el pronósitco y PAM! lluvia para sábado y domingo.
Me había agarrado sed, asfixiante sed. Y todavía me faltaba casi la mitad del trayecto. Puta, me dije, va a ser un día de mierda. Esto de hacerme el pro jipi caminando al laburo fue una tremenda boludez.
Quién me dará algo para calmar mi sed?, canté en mi cabeza. Aunque no supe si era así la canción, yo que sé.
Iba en esa cuando pasé y vi la puerta abierta de uno de esos pasillos que siempre me hipnotizan. No sé porqué me sucede eso. Me atraen con su mística de garganta profunda invitando a entrar, como queriendo tragarte. Suelo imaginarme distintas personas y cosas saliendo de las distintas puertas, a coro capaz, para darme la bienvenida.
Lo que más me intriga es el fondo, donde se ve una curva o un hueco oscuro. La incertidumbre que aguarda por allí detrás se hace gallina en mi piel. Me recorre un susurro especial cada vez que me encuentro ante una puerta de éstos vecindarios; más todavía si está abierta. Me imagino historias, me envuelvo en un frenesí mágico.
Me detuve, y me debatí entre entrar o no. Mas bien trataba de encontrar una excusa por si alguien me atrapaba deambulando por esa víbora fresca.
Debería vivir en un lugar así, me dije. Y di un paso para continuar mi camino.
Pero el rabillo del ojo me avisó que volviera porque había visto algo. Le hice caso. Retrocedí como rebobinando. Me alegró tener estos estúpidos pensamientos en un día en que todo venía saliendo mal.
Miré al fondo y distinguí dos brazos metiendo y sacando un secador con trapo de piso. Entraban y salían del pasillo, de mi visión. Y estaban al fondo, bien lejos, 40 metros serían.
No pude apreciar si serían de las clásicas encargadas de los vecindarios, o si serían de las clásicas hijas de las clásicas encargadas de los vecindarios. Pero me mandé. En 40 metros no podía no encontrar una excusa.
Me acerqué con precaución, tanteando la situación. Disfruté cada bocanada de aire fresco que me brindaba ese espacio de otro mundo. Era un microclima elaborado de aire menos denso que en la calle, sin tantos ruidos usurpándolo. Un leve olor a flores silvestres iba y venía por el corredor, como un marcito, me pegaba oleadas renovadoras. Fui poco a poco recobrando el aliento y estabilizándome, recorrido por brisas a las que podía imaginar si me ponía un poco en loco. Me sentía envuelto en una propaganda de Poet, con mariposas digitales y todo.
A medida que fui acercándome empecé a oír una vocecita tarareando mal una melodía bien. El corazón se me agitó.
–Disculpame, no tendrías un vaso de agua?…
–Cómo no!… Tomá… –me dice, sin sorprenderse de mi furtiva presencia, y me estira el secador. –Ya te lo traigo… Querés comer una fruta o alguna otra cosa? –siguió diciendo, mientras se secaba las manos en el delantal desteñido que llevaba puesto sobre un shortcito y remerita blanca ajustada.
–Ehhh… una manzana? –dije, medio desencajado.
–Dale, dale… –sonrió de buena gana.
Sus dientes asomaron entre labios casi carnosos de unos 20 años.
Y continuó. –Vos andá repasando las huellas que me dejaste por todo el pasillo… Después juntame aquellas hojas y ponelas en aquella bolsa de basura… Yo ya vuelvo si?….
Ese día no llegué al trabajo. Pero volví a casa enamorado.



r.canapé
anhelos
El hombre midió y marcó la altura con su soberbia, como si con ella la distancia pudiera ser mayor.
Estudió al niño con aire gracioso, quizá irónico. Creía, con sus más de cincuenta años, que tenía la vida del pequeño en sus manos.
Tantos años de experiencia suelen servir para plantarse cual árbol de apariencia robusta y sabia.
–Decime pibe… Qué quisieras ser cuando seas grande? –preguntó, sosteniendo el “quisieras” como un probable improbable.
El chico lo miró pensativo.
–Mmm, qué quisiera ser?… quisiera ser… –caviló un instante, observando a la nada que quizá fuera el futuro.
Meditó, como masticando la respuesta, la manera de decirla.
Y oyendo su primer pensamiento adulto, por fin dijo: –Quisiera ser no grande…

out of virna
Me trajo lindos recuerdos el quejido de la puerta. No sé bien porqué, porque era una puerta y nada más,pero a veces me pasa eso de que una boludez como una puerta o una lámpara me despierten la memoria.
Entré con confianza. Después de tanto tiempo no había sido violentada la fuerte madera, así que relajé las hipótesis sobre eventuales saqueos.
Entré después de tantos años y me senté en la silla inmóvil, sin molestarme por la tierra que la cubría. Debajo mío crujió el cuero seco. Ya estaba medio cagado antes de irme, pensé. Me recosté un instante y me balancié un toque comprobando que aún conservaba una pata de atrás floja. Añoraba esta ceremonia.
Virna había dejado todo así, tan de todos los días, como si hubiera tenido intenciones de regresar horas más tarde. La ventana abierta me regalaba luz de tardesita de primavera, y entraba aire de lluvia mezclado con olor a pastos vivos y largos a sus anchas. Los podía ver meciéndose como espigas de trigo, asomaban testigos de mi vacío. La pava gastada aguardaba sobre la hornalla grande. El mate y la lata de yerba hacían guardia sobre la mesada.
Todo parecía estar sumido en una foto antigua, un punto en el universo que había burlado el paso del tiempo. Me detuve en la otra silla, parecía que no hacía ni cinco minutos que la había puesto allí para alcanzar la guita que guardábamos sobre la alacena.
De pronto sus palabras se hicieron eco en mis oídos.
Un fino manto de polvo cubría todo dándole el tono sepia de la nostalgia. Escondí mi cara entre las manos un instante. Bastó abrir los ojos y enfocar en la mesa para ver los cráteres que ahora dejaban mis lágrimas. Los estudié un rato, masticando la agonía de un desahogo que va muriendo entre agua, sal, y polvo.
Estaban cerca de los cráteres, pero no quise verlos. Aún así los había sentido apenas entrado. Despedían un calor intenso que atraía sin misericordia. No era un calor cálido, era más bien el calor de hielo curtiendo la piel. Me llamaban desde su desorden olvidado. Parecían brillar a pesar del polvo.
Los miré, las miré, miré los centavos, miré las monedas. Escribí en mi cabeza con un arroba, tras dudar un rato cómo llamarl@s. Virna se hubiera reído. Tal vez se esté riendo ahora al leer esto. No sé igual porqué, pero se hubiera reído.
Clavé un dedo en la mesa y dibujé círculos y curvas, y fui cercando cada una de las monedas. Traté de no tocarlas. Hice como un barro con mi agua salada. Y salté con dos dedos sobre las graciosas monedas. Diez eran. Seis de diez y cuatro de cinco.
Ochenta centavos reunían. Debería tomarlos, son lo último de ella.
Dios, cómo la extraño!?.
(conociendo a virna I) flavored coffee
El fundillo casi le llegaba a las rodillas. Se me hizo que había pertenecido a una mina mucho más gorda. Tal vez a ella misma en otra época. Intenté imaginarla desnuda, con las carnes blandas como un globo desinflado. No pude.
Su cara era hermosa. Tenía un lunar en el mentón, como si tuviera un pedazo de torta de chocolate fugado de la boca. Tenía otro en la oreja izquierda, deduje que por eso no usaba aros. Labios finos como si dios, cansado, sólo le hubiera dibujado una línea. Rostro raro, y hermoso.
Yo compraba los cigarrillos a 7 cuadras de mi casa sólo por verla en el kiosko donde trabajaba. Compraba de 10 para que me durara menos y volver a comprar.
Me ignoraba como a cualquier cliente hasta el día en que, como un pelotudo, arrastré con la manga una caja entera de chicles. Pareció a propósito. La mina salió del cuchitril donde estaba encerrada para ayudarme a levantar todo lo que se había desparramado por la vereda. Rápida como un pajarito con la jaula abierta.
Se arrodilló a mi lado y comenzó a juntar las cosas conmigo. También había volcado a la mierda un recipiente de picodulces. Yo estaba rojo, ella sonreía. Casi me muero.
Le miré las tetas y casi no tenía. Pero no importaba, era tan hermosa. Mejor así, pensé, así no le hablo a las tetas y la puedo mirar a los ojos. Si me animaba.
Juntamos todo, ella se paró aceptando mis disculpas mostrando la palma de la mano, así, como hacen las minas. Y sonrió otra vez. Y ahí me di cuenta que le quedaba grande, grandísimo, el jardinero que traía puesto.
Pedí disculpas otra vez, y otra. Ella acomodó todo e ignoró ya la tercer disculpa. Cuando iba entrando le miré el culo, y a pesar de tanto jean de sobra me gustó lo que vi. Entró, y me escabullí como un cachorrito regañado.
Llegué a la esquina y me sentí un estúpido. Entonces me volví, no sé porqué, y le pedí un alfajor. No habían pasado ni 20 segundos. Cuando me vio llegar y hablar se rió extraño, como nerviosa. Yo casi exploto. De golpe estaba en evidencia y esta vez había sido más a propósito de lo normal. Le dije con nueces, y ella, al alcanzármelo empujó al descuido otra vez la caja de chicles.
No me di ni cuenta que ya estaba fuera del puestito. Los dos arrodillados juntando todo otra vez. Me miró, rió otra vez raro, y me dio un beso. Así de fácil lo hizo.
Después supe que el jardinero era de la dueña del kiosco. Que lo tenía puesto porque se había volcado el café encima hacía un rato.
Supe también que se llamaba Virna. Y que tenía 3 lunares más, uno de ellos muy sabroso, con gusto a café.














