El fundillo casi le llegaba a las rodillas. Se me hizo que había pertenecido a una mina mucho más gorda. Tal vez a ella misma en otra época. Intenté imaginarla desnuda, con las carnes blandas como un globo desinflado. No pude.
Su cara era hermosa. Tenía un lunar en el mentón, como si tuviera un pedazo de torta de chocolate fugado de la boca. Tenía otro en la oreja izquierda, deduje que por eso no usaba aros. Labios finos como si dios, cansado, sólo le hubiera dibujado una línea. Rostro raro, y hermoso.
Yo compraba los cigarrillos a 7 cuadras de mi casa sólo por verla en el kiosko donde trabajaba. Compraba de 10 para que me durara menos y volver a comprar.
Me ignoraba como a cualquier cliente hasta el día en que, como un pelotudo, arrastré con la manga una caja entera de chicles. Pareció a propósito. La mina salió del cuchitril donde estaba encerrada para ayudarme a levantar todo lo que se había desparramado por la vereda. Rápida como un pajarito con la jaula abierta.
Se arrodilló a mi lado y comenzó a juntar las cosas conmigo. También había volcado a la mierda un recipiente de picodulces. Yo estaba rojo, ella sonreía. Casi me muero.
Le miré las tetas y casi no tenía. Pero no importaba, era tan hermosa. Mejor así, pensé, así no le hablo a las tetas y la puedo mirar a los ojos. Si me animaba.
Juntamos todo, ella se paró aceptando mis disculpas mostrando la palma de la mano, así, como hacen las minas. Y sonrió otra vez. Y ahí me di cuenta que le quedaba grande, grandísimo, el jardinero que traía puesto.
Pedí disculpas otra vez, y otra. Ella acomodó todo e ignoró ya la tercer disculpa. Cuando iba entrando le miré el culo, y a pesar de tanto jean de sobra me gustó lo que vi. Entró, y me escabullí como un cachorrito regañado.
Llegué a la esquina y me sentí un estúpido. Entonces me volví, no sé porqué, y le pedí un alfajor. No habían pasado ni 20 segundos. Cuando me vio llegar y hablar se rió extraño, como nerviosa. Yo casi exploto. De golpe estaba en evidencia y esta vez había sido más a propósito de lo normal. Le dije con nueces, y ella, al alcanzármelo empujó al descuido otra vez la caja de chicles.
No me di ni cuenta que ya estaba fuera del puestito. Los dos arrodillados juntando todo otra vez. Me miró, rió otra vez raro, y me dio un beso. Así de fácil lo hizo.
Después supe que el jardinero era de la dueña del kiosco. Que lo tenía puesto porque se había volcado el café encima hacía un rato.
Supe también que se llamaba Virna. Y que tenía 3 lunares más, uno de ellos muy sabroso, con gusto a café.



🙂
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