Latinoamérica hoy

(nota publicada en la revista Arrecifes Sapiens de Octubre 2013, en la sección “Para mí”)

Me acuerdo que odiábamos a Brasil. Era un odio virulento. A los chilenos también los odiábamos (y algo queda aún), por la relación que tuvieron con los yanquis durante Malvinas. En cambio a Paraguay fuimos nosotros quienes les metimos la bota encima y los masacramos. Nos ufanamos de haberlos pasado por nuestra justicia como si hubiésemos sido justos. Les ahogamos la tierra en sangre. Si buscamos, seguro encontramos argumentos para agrandar las distancias entre todos los países que ocupamos la américa latina.

Pero ya no es como antes. Ahora sabemos que hay cosas de la historia que nos enfrentaron, pero sin embargo se los reconoce como hermanos. Las euforias parecen haber bajado al punto de limitarse a lo futbolístico. Si existen tiempo de redención, quizá sean éstos.

Mirá sino Ecuador y Colombia, que cada tanto andan a los pataleos, pero decidieron dejar los cachetazos en la heladera. O Perú y Bolivia que ahora están charlando para compartirse el mar. Poray está resultando en una familia que se sentó a la mesa a hablar de las mismas cosas.

Es darse cuenta que compartís el mismo techo, y sobretodo compartís el patio. Que encima es de los más verdes del planeta. ¿Porqué entonces dejarse punzar las costillas? Nos dejamos llevar tanto por las discusiones, que descuidamos nuestra hermandad y nuestro tesoro. ¿Desde hace cuánto? Desde siempre tal vez.

Nada que pueda decir hoy será actual mañana. De hecho, en este ámbito sería prudente opinar literaria y anacrónicamente, pero el “Hoy” de la premisa, cuanto menos me limita a “estos tiempos”. Cuando empecé a escribir esto, aún no habían estallado las arterias en Brasil, y menos que menos habían retenido en Europa al presidente de Bolivia, como si fuera un contrabandista. Esos dos no son los únicos episodios que sucedieron en pocos días, ni los que sucederán, pero ambos me sirven para reflexiones breves.

Divide y Vencerás: Viendo la manera de mostrar o explicar la pueblada de Brasil por algunos medios, siento que aún somos comidilla de carroñeros y oportunistas que todo el tiempo dicen estar de nuestro lado. ¡Deberían estarlo! Son parte de nuestro país, de nuestra Latinoamérica. Sin embargo parecen disfrutar del fracaso, o de contar las cosas como si de eso se tratara. Duele pensar en que tales gentes también sean hermanos. Deberíamos reflexionar quizá como pueblo (no ya como países), acerca de qué intereses nos mueven, y hacia dónde vamos cada cual. Después de tener claro qué queremos, intentar una reflexión acerca de los que nos conducen, en cada uno de los 3 (y más), poderes: político, económico, y religioso.

Los hermanos sean unidos: Lo sucedido con el presidente Evo Morales demuestra que, aún atravesando graves crisis económicas y sociales, persisten las diferencias entre los países aristocráticos y los que despectivamente somos llamados como sudacas. Aún seguimos siendo vistos como graneros, como lacayos proveedores. Países que como buenos aristócratas brindan pleitesía al dueño de la pelota. Pero lo importante que sea aprovechar una nueva oportunidad para mostrarnos unidos. Oportunidad de ser solidarios con nuestros hermanos, defendernos y respaldarnos. No sólo diplomáticamente, sino socialmente.

Vuelvo al Martin Fierro, acaso gran parte de nuestra sangre popular hecha palabra:

Los hermanos sean unidos / Porque esa es la ley primera /Tengan unión verdadera/ En cualquier tiempo que sea /Porque si entre ellos pelean /Los devoran los de afuera.

Tengo dos hermanos con los que de chico podíamos cagarnos a trompadas mal, pero que nadie los tocara. Sin embargo, ya crecidos, pasó que me dejé llevar por alguien de afuera: alguien que ocupaba un lugar disponible que no nace con la familia sino que lo reclama el instinto. Un lugar con enorme poder de influencia sobre las personas, sobre los grupos, sobre las naciones. Me dejé llevar por la vocecita que se acostaba conmigo y compartía el lecho, y me dejé devorar la hermandad. Permití que se desmoronaran los pilares que me sostenían desde la existencia en esta carne. Hasta que llegué a aceptar la denuncia y juzgué culpable a mí hermano. Por fortuna, la vida ofrece constantes oportunidades de reflexión y disculpa, y tuve la suerte de aprovecharla.

Aunque atañe a lo personal, que se entienda como simple alegoría de la historia de la humanidad, de nuestra historia latinoamericana. ¿O acaso hoy, que los lazos se están fortaleciendo, no hay quienes intentan dinamitar las relaciones cada día un poco más?

Sólo el reconocimiento del hermano en los demás, hará que sigamos unidos. Esa unión nos hará fuertes. Si se permite al de afuera influirnos contra el de adentro, volveremos a nuestra historia dividida y dominada. Entonces, ¿somos capaces de reconocernos y resguardarnos?

linger on…

Me deja ciego el sol de la mañana filtrándose por la persiana que ayer quedó trabada. Dejo caer el brazo hacia la izquierda para abrazarla y golpeo el colchón lleno de ausencia. El vacío me desespera, sé que no está en el baño ni se levantó antes. Sé que no me abandonó.

Me incorporo y, entre las formas que amanecen en mi visión, compruebo la falta de sus botas que anoche le saqué a tirones. Tampoco está la remerita con la cara de Lou Reed, such a perfect day, you just keep me hangin’ on.

Intento asomarme al balcón interno, con la esperanza de espantar lo inevitable y verla sentada a la mesa, con la tasa entre las manos, humeándole el rostro aún cerrado, dormido, quizá los labios rojos e hinchados. Apuesto mis primeros pasos a que chocaré con su sonrisa, un todo o nada que la traiga conmigo.

No digo palabras, callo y me asomo, en el fondo creo que si no está tal vez pueda ser yo el que vuelva. ¿Para qué meterme más en esta mañana sin ella?

Las partículas de polvo navegando el sol hasta la silla vacía me cachetean. El hueco en el pecho me gana el estómago y ya es agujero negro que me succiona la energía, se desmoronan mis próximos pasos, se desvanece como arena mi orden del día, y todo lo que significa seguir la vida cae dentro del apocalipsis.

carámbolas

Escenario

Bar La Comadreja Cheta

En el centro del bar, una mesa de billar donde las bolas nunca encuentran una cueva, siempre están expuestas.

Personajes

6 bebedores con relieve (puede haber más de relleno):

El Cremoso Perez (mafioso, apostador)

El Derecho Núñez (jugador)

El Histérico Andrada (apostador, veedor)

El Rosamel Araya (apostador, veedor)

El Chimango Corvalán (abogado, apostador)

El Cariñoso Bermúdez (jugador)

+ El Oído Lento Morales (dueño)

+ La Mandarina Da Silva (esposa del dueño)

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Reglas básicas del billar 

El billar es un deporte de precisión que se practica impulsando con un taco un número variable de bolas (antiguamente de marfil), en una mesa con tablero de pizarra forrada de paño, rodeada de bandas de material elástico y con troneras o sin ellas.

El primero de todos los juegos de billar es el llamado francés o de carambola, que se juega con una bola blanca, una amarilla y una roja. Los jugadores tiran estratégicamente con la bola blanca ó amarilla, y la carambola consiste en golpear con la bola jugadora a las otras dos. La consecución de carambola válida da derecho a seguir tirando; en caso de fallo, pasa el turno al otro jugador, que tira con la blanca (o amarilla) contraria a la que usó el anterior.

 

Última jugada

El Cremoso Perez miraba, echado en la silla. Le goteaba la nariz del calor que hacía. No era verano, pero el bar parecía un sauna desde que Oído Lento había comprado la salamandra.

Oído Lento, para colmo, ahora echaba un nuevo tronco al fuego. El tipo no era de tener mucho frío, pero su esposa La Mandarina siempre se quejaba de los agujeros del techo en el baño. Entraba un ventilete implacable por ese colador de chapa podrida, pero Oído Lento temía a las alturas y se negaba a subir a una escalera para hacer el arreglo. Había preferido poner la salamandra. De todos, al que mejor le caía ese calor acuoso era al Derecho.

El Derecho Núñez hacía malabares con el taco. Se lo había calzado entre la pera y el hombro derecho. Si cerraba la carambola, se llevaba el partido. Causaba gracia la pose cuasi artística que ensayaba para poder efectuar sus tiros. Se incrustaba el mango del taco por debajo del mentón y lo aceitaba con el sudor de la barbilla. Lo hacía resbalar entre el cogote y el hombro, siempre tomándolo de la punta con la mano izquierda. Empujaba hasta que hacía tope con el muñón de la derecha. Ahí se agachaba y apuntaba no se sabía cómo. El momento en que apoyaba la mano sobre el paño y decidía el disparo era un misterio, porque el tipo era muy rápido con ese movimiento. Tenía una calidad impresionante. Pocas veces lo habían visto perder. El Histérico decía siempre que el Derecho era un bailarín nato, que seguro bailaba el cisne negro cuando estaba solo en la casa. Con la pollerita de voladitos de tul y todo, decía. Que por eso el tipo tiraba así, con muñón y todo.

El Histérico Soñora no se perdía ninguna partida de billar. Siempre acodado en la barra. Entendía muy poco del juego, en 12 años de ir a la Comadreja Cheta nunca se le había ocurrido preguntar las reglas. Para él era todo lo mismo, las caras de los demás le dirían si el tiro era bueno o malo. De tanto estar apoyado en la barra se le había girado la columna, ahora el tipo era como una botella de plástico para reciclar. Aunque quisiera, le era imposible acomodarse para jugar: o sostenía el taco, o apuntaba. De cualquier forma, Rosamel pensaba que el problema del Histérico no era que pareciera un dentífrico pisado por una bici, sino que era tan paja para jugar que todo el mundo se le aburría y lo dejaba solo.

El Rosamel Araya miraba callado. Como el Histérico, tenía guita puesta a mano del Derecho. Siempre apostaba cuando el Derecho jugaba, porque era favorito, y porque le encantaba decir Voy a mano del Derecho. No sabía ni él si era para joderlo al manco, o porque secretamente le remordía no haber sido abogado. Tenía la guita entre la mano y la mesa. Los billetes húmedos. Cruzó con la mirada atravesando la mesa donde estaban las tres bolas esperando chocarse. La mayor luz se concentraba sobre ese paño, y se podía revolver con un pincel el grumoso calor que despedían los lamparones de chapa que habían sabido  iluminar el frente del galpón de la aceitera. Miró Rosamel hacia la otra orilla, hasta la mirada serena del Chimango Corvalán, que sí era abogado, estudiado y titulado, decía él.

El Chimango, abogado de 4 de los presentes, y de varios perejiles del pueblo, había querido ser carancho al empezar a ejercer, pero la cana lo había dejado en terapia por querer pasarlos para el cuarto. Con las heridas se le habían cerrado también las ganas de carroñar, pero acá en este bar todos la pagaban, y él era el Chimango, porque no había llegado ni a Carancho. Andá saber si era mejor ser Chimango que Carancho, o Comadreja que Urón, lo que importaba era recordar esa piedra como si la tuvieras en el zapato. El Chimango achinó los ojos por el humo, tragó el whisky y sintió el calor apretar desde el cuello, pasar por la corbata, y estacionarse como si fuera una vincha de plomo. Pensó en la otra apuesta pactada en el baño, cuando regaban la pared y el Cremoso le había salpicado los zapatos porque no había mingitorios desde que un motoquero se los había hecho cabecear al Burro Velázquez una noche Navideña. El Cremoso había dicho que le hinchaba las bolas el calor, y que se llevaría la mesa al baño si no fuera por el olor a mierda.  El Chimango rió, y contestó que si por esas putas casualidades el Cariñoso le ganaba al Derecho, le pagaba tequila al que tuviera huevos de tomarla, y que después de eso se paraba y le gritaba al cabrón de Oído Lento que acá hacía un calor de la reconcha de su Mandarina, que mejor le ponga de nuevo la cáscara a esa hija de puta, así se alivia un poco este bar del infierno. Si gana el Cariñoso, yo pago la mitad de los tragos con tal de verte agitar a la Mandarina, dijo el Cremoso. Se habían dado la mano así todas meadas.

El Cariñoso Bermúdez gustaba de tocarle las bolas a los demás. Pasabas cerca y te las picaba con el índice. Salta violeta, decía. Si te agarraba de lleno, la puteada valía por todos los hijos golpeados. ¿Qué sos, Cariñoso? Vení que te doy el osito pedazo de pelotudo… le dijo un camionero un día, y lo escondió de un cachetazo. Desde ese día le quedó El Cariñoso, pero nunca más le hizo caricias a desconocidos, aunque sí a los amigos. El tipo tenía el mismo talento para acertarle a las bolas de arriba de la mesa, no se podía creer. También decía salta violeta cuando jugaba y lograba que la bola amarilla por fin le de a la roja. Era bueno el tipo, pero al Derecho nadie lo doblaba y con este tiro tenía el partido en sus manos. Todos, menos el Chimango, le habían apostado en contra al Cariñoso. Estaba un poco nervioso, pero lo dejaba tranquilo que si perdía no debía tener miedo a las represalias del Cremoso.

El Cremoso mordió el escarbadientes y le espantó la vista a un petiso que estaba dele mirarlo como hipnotizado. Hizo una mueca, como tirando un besito de costado, como caballo de ajedrez. Clavó la uña en la mesa y rascó haciendo un chillido. Parecía impaciente. Le sobraba el olor de la curtiembre. Siempre se andaba por ahí llevando y trayendo cueros, de cualquier especie. Mordió más fuerte y un pedazo de palillo cayó en el cenicero desbordado. Prestó atención al Derecho que parecía a punto de hacer ese movimiento loco y darle a la blanca.

El Derecho calzó el muñón, hizo un firulete extraño, y golpeó el taco. La bola recibió obediente el empujón y dio de lleno en la bola amarilla que, en lugar de deslizarse, saltó. Salió disparada, volando hasta romper el vidrio de la puerta. Se hundió en la noche y se perdió por ahí, capaz que en la cuneta. El taco, por su lado, siguió con envión y desgarró el paño, hiriéndolo de muerte.

El Histérico escupió un pedacito de chorizo que por fin se había sacado de entre las muelas. Se agarró de la barra y palanqueó para darse vuelta.

Rosamel pateó una silla, y levantó la mano para despegarse los billetes y dejarlos ahí, para el Chimango que ya los estaba juntando.

El Chimango caminaba recaudando, en un ritual mecánico. Pensaba en que tenía los zapatos salpicados de meo, y de eso a la deuda que tenía pendiente.

El Cariñoso, chocho con la victoria, lo ayudaba a sacar el taco de la mesa al Derecho, que se lamentaba echando miradas rápidas a los perdedores.

El Cremoso sonrió.

En eso entró La Mandarina, con la bola amarilla en la mano. Y hubo una mole de silencio en el bar.

 

NOTA: Este texto fue originalmente publicado en el blog colectivo de escritores e ilustradores nacido a partir de los Masters de Narrativa y Dibujo de Universidad Orsai, que dimos en llamar Que no te falle el verosímil, y que invito a visitar porque va creciendo muy bonito. Las ilustraciones de este texto son de Federico Ben Cattan.

in las tripas (folletín poéstrico N|01)

Lo que gratis viene, gratis se da…

Queda oficialmente liberado el primer folletín poéstrico: In las tripas
La idea y espíritu de Tree Birds está en el Manifiesto que hace las veces de prólogo del libro, dos páginas donde todo se explica y se malinterpreta.

In las tripas: poestrías urgentes de una época en que todo es urgente y casi no hay tiempo para detenerse a soltar una lágrima…

In las tripas (folletín poéstrico N|01)

Portada In Las Tripas_pequeña

 

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FB de Tree Birds Ediciones: https://www.facebook.com/TreeBirdsEdiciones

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será historia

Por Dios no vayas a tomarlo como una presión para que no me cagues. No es la primera vez que lo cuento a esto, y después anduvieron por ahí diciendo que lo cuento para disfrazar una amenaza. Viste como es, al final uno termina enterándose de todo por acá, a menos que te hayas vuelto un muerto político y cada paso tuyo sea como estar en la playa viendo el mar crecer: se te van hundiendo las patas porque el agua te lleva la arena. Bueno, así pibe, vas a ver muchos de esos con la fecha de vencimiento en la frente. Tipos que transpiran cuando se miran al espejo, porque el reloj les atrasa y no tienen chance.

Este que te digo se volvió uno de esos. Todavía no cayó, pero yo me lo imagino dentro de poco, porque la traición es bastante difícil de tenerla de tu lado. O sea, la traición en sí, todos traicionan, no te voy a negar que yo también hice lo mío. Pero siempre hay límites. Es como pegarle con un palo a un panal para sacarle la miel, si te emocionás y pegás demasiado fuerte, las abejas se te ponen en contra. Y la traición es así, cuando te pica una, dos, te la bancás y le ponés cintura porque vos también sos bicho, pero si te descuidás la ligás feo y estás afuera.

Te decía de éste, y en serio no lo tomes como amenaza. Vos me caés bien y yo necesito gente piola para laburar desde abajo. Si te mantenés cerca vas a aprender rápido porque tenés pasta. Pero cuidado de creértela. Otra vez, no es amenaza, si yo estoy de vuelta, pero vale que lo tengas presente porque acá no viene gratis ni el agua.

Este loco venía haciendo ruido desde su provincia. Lo veías y no dabas dos pesos, pero tenía algo que me llamaba la atención. Yo no podía entender cómo había llegado tan lejos. Pregunté por él cuando entró de candidato a Gobernador. Con el candidato de nuestro partido nos felicitamos, parecía pan comido. No sé si te lo dijo alguien, capaz lo hayas escuchado como un mito, pero te puedo asegurar que a veces se hace campaña dentro de los otros partidos para ponerles candidatos que sean unos paquetes. Entre mi candidato y mi partido hicieron la movida en la provincia de este tipo, ubicándolo a él, porque la fija era otro más pulenta. Tenían creo que dos punteros chamuyando en las reuniones. Ojo, éste no era un aparecido, venía de ser intendente en una ciudad pesada. Boludo no era, pero nos convenía porque al otro lo querían mucho en su partido y tenía mucha llegada en la tele.

La estrategia fue conseguirle senaduría segura al pez gordo, que es de rama conservadora y a esos les gusta el futuro firme, imagináte que todavía está ahí prendido.

¿Pero podés creer que el paquete nos ganó? Se la llevó casi de taquito. Mordimos el polvo, y me vine a enterar que mi candidato estaba marcado porque tenía mucho compromiso con la trata. Una locura, se les había escapado a varios el dato. A veces pasa con las provincias, los muchachos se apañan entre ellos y te omiten algunos detalles fuleros. Y el tipo nos ganó y fue gobernador. Así que lo tuve que conocer.

Tipo amistoso. Prolijo, bastante portado, pero con un dejo de campechano, medio desarreglado a propósito, como para no descuidar la hacienda. Eso me lo pintó inteligente. Hablando en varios encuentros lo sentí entrador, se le notaba facilidad para entender qué te interesaba a vos y te marcaba el personaje que más te gustaba. Yo me daba cuenta, clarito, pero me servía también dejarlo hacer. Aunque el drama estaba en que tampoco lo podía dejar crecer mucho porque en la primera de cambio me tapaba el sol. Ya nos acordamos del petizo que vino casi montado en mula y nos pintó la cara a todos. Nooo, tuve que pensar un plan.

Me lo fui trayendo para mi molino. En cierto momento de la vida política uno tiene que pisar medio en el aire si quiere seguir avanzando. Hay dos cosas que son importantes: la lealtad, y la rebeldía. Yo siempre puse esto como ejemplo: si vos sos capaz de discutirle a tu viejo contra algo que para él es verdad absoluta, entonces sos capaz de discutirle a cualquiera. El hombre que se rebela contra lo que su familia le inculcó desde la cuna, se está permitiendo reconocerse como individuo, y después reconocerse socio en la sociedad que camina. Ya sé, me puse filosófico, pero escucháme: Podés terminar dando la razón con el tiempo, pero lo importante es que estés parado sobre firme, que hayas madurado la idea; o que los demás lo piensen así. Además, A DE MAS, viejito, te digo: rebelarse es parte necesaria de la evolución. Uno se rebela contra sus padres porque llegado un punto debe superarlos, y para hacerlo debe cuestionarlos.

Yo un día le dije a mí vieja: Mamá no insultes mi capacidad de ser alguien, de pensar. Si me estás diciendo «no aprendiste nada», es porque querés que sea tu sombra, una simple extensión de tu vida, un más acá que no esperás que haga más que lo que vos hiciste. Si, en cambio, pretendés que sea algo más, entonces permitíme pensar distinto a vos. Y en cualquier caso volver a un pensamiento parecido al tuyo pero atado a mi propia reflexión.

Se quedó muda la vieja.

Ahí también debe aparecer eso que te dije antes del piso, del ideal digamos. El hombre debe tener la capacidad de sostener un argumento acorde a lo que piensa por instinto, darle palabras y sostén, sin mentir, a sus convicciones. Eso lo hace destacarse, y que los demás persigan su protección.

Eso tenía este tipo, te juro. Y yo le ofrecí seguir rebelándose, poniéndolo a prueba a él y a su manada.

La ambición de poder es muy puta che. Y la traición, para que no se note tanto tiene que estar despegada del poder. Si no, te pasa como a éste: yo le ofrecí algo que significaba una traición, pero tenía por recompensa cierto poder. Tampoco me lo iba a ganar gratis. Ni a él ni a la manada. Y me demostró que era un conductor. Posta eh, un conductor, no sé si un líder. Líder es el que levanta un dedo y todos se callan para escucharlo. Conductor, en cambio, es un diplomático que sabe negociar y trasladarlo a la masa interesada. Incluso sabe reconocer a los interesados dentro de esa masa. Bue, eso es casi básico en política igual. Madurálo.

No me quiero ir por las ramas. Me traje a un tercio de su partido conmigo, y arrasamos. La gente de abajo notó la traición, pero estaban tan desorientados que no hicieron ni fuerza. Arrasamos y yo me hice de un aliado interesante.

Pero está eso de la lealtad. La lealtad no es moco de pavo pibe. La gente va y viene porque le conviene, son pocos los que son leales. Y para darte cuenta quién te es leal, a niveles como el mío, como al que poray llegás algún día, hay que apostar.

La lealtad se construye de pequeños riesgos, de darle a un ladrillo el poder, o por lo menos darle la sensación, de sostenerte, de saberse necesario. Para saber de qué madera es un árbol tenés que pararte encima, y para saber si no se quiebra tenés que saltar. Te podés romper la cabeza, ta clarito, pero es la única forma.

Lo importante es saber a qué distancia tenés el suelo, y cuántos árboles que te banquen a los costados. Sobretodo si el salto es grande. Pero se gana fuerte si se apuesta fuerte pibe, no hay otra, es ley de vida.

Lo puse bajo el ala, pero ojo, no éramos amigos eh. Cuando el brote no es del mismo árbol, podés compartir el bosque, pero las raíces siempre serán distintas.

Con el tiempo el tipo medio que se entró a agrandar. Se empezó a despegar. Un poco por las diferencias que siempre habían existido, y otro poco porque algunos lo empezaron a cebar como el caballito de troya. Lo mimaban de nuevo en los medios, ahora lo pintaban como el equilibrio para que nosotros no nos fuéramos al carajo. Él aprovechaba la volada con perfil bajo. Una vez leí un libro, la Torre Oscura, ¿nada que ver no? Bue, decía en una parte “dejá que tu leyenda se adelante, que le crezca la barba, que te haga inmortal” ponele, algo así. Lo que quiero decir es que cuando la bola de nieve crece, hay que dejarla ir cuesta abajo y quedarse mirando, que mientras crezca a uno le sirve. Eso hizo él, y yo también me quedé esperando.

La oportunidad apareció con una ley. Queríamos cambiar ciertas reglas de unos impuestos. Explicarte qué queríamos nosotros es más de lo mismo, porque las interpretaciones fueron muchas, y cada cual formó su opinión. Lo importante es que un poco se nos fue de las manos la cosa. Sabíamos que nos metíamos en una brava, pero se puso duro de verdad. Esas batallas que dejan marcas, viste, van derechito a los libros de historia.

Se puso de punto medio país, digamos. Complicado de verdad. En medio de eso, el tiroteo era incesante y nos acribillaban. De nuestro lado estábamos bien armados de gente, pero meterse a la calle es bravo, hay sectores que siempre están esperando para disparar guerras civiles que hagan colapsar todo, y en un quilombo de esos los que caíamos éramos nosotros. Para qué te voy a explicar si lo viviste vos también.

La cámara baja la pasamos relativamente fácil, pero arriba se puso todo de culo. Eran las últimas instancias, y siempre se pone duro al final del camino. Además afuera había mucha presión, tremendo. Y aunque parezca mentira, en esas carreras siempre hay pingos que levantan la marcha y terminan siendo fusiles que se queman para desahogar.

Para colmo venía pareja la cosa, brava mal. Había mucho lobby. Imagináte que estábamos discutiendo por mucha guita. Y te confieso que poray le erramos en que no separamos las aguas de arranque. Apuntamos los mismos cañones a distintos objetivos y se nos disparó la perdiz. Teníamos un incendio impresionante. Yo no sé cómo no pasó nada grave.

Una semana antes del final me lo cruzo a éste, que manejaba la cámara alta. Lo saludo con la mano, me dice, tranquilo que esta es la nuestra. Y no lo vi más hasta que estábamos todos jugados.

La cosa se puso épica. Empatados en votos, cosa increíble. Y este loco que de golpe y porrazo liga la definición en bandeja. La pelota con el arco libre. Ni en mil años se repite, te juro. El tipo con la llave de la victoria en la mano.

Y podés creer que pide disculpas, medio que pucherea, y nos baja el pulgar. NOS BAJA EL PULGAR. Me traiciona. Lo hace de una manera caprichosa, te digo. Lo hace y lo dice para las remeras, para toda la historia. Lo dice como cuando el Diego dijo la pelota no se mancha. Me acuerdo y mirá cómo me pongo.

Te juro pibe, ESO… fue lo más leal que le vi hacer a alguien en política.

la ciudad arremangada

abro la puerta a kosovo
(qué cosa que kosovo nos haya quedado así
grabado, sinónimo de pueblo destruid…)
meto ese y todos
los pensamientos dentro
de las venas abiertas
de mi ciudad autónoma
cráteres de los que brota
tierra
elemento que nos resulta ajeno

un casco amarillo pisa un cigarro
en el barro
y palea todo junto, para afuera
serán seis, siete, otro montón de cuadras
cercadas por esta operación
a cielo abierto
que me hace dudar
justo ahora entre PASO
y quiero

trincheras en medio de la paz
que supone la gran ciudad
sin muertos no hay guerra, dirán
se me disparan cataratas de preguntas
como agua que se va por ahí
en canaletas marrones
que no sé
poray el planeta está sediento

la ametralladoras de concreto
amedrentan corazones
fracturas expuestas de lo que nos contiene
capaz a la calle le agarraró alergia
una búsqueda del tesoro que sonríe
siempre te sonríen los piratas
barandas de madera para frenar el abismo
con el nombre del verdugo:
un tal qué se yo

ya me imagino a los pibes del paco
queriendo parar en la puerta
sin lugar para plantar jeta
cambiando lugar por disculpas
ya ni hacer esa les dejan
y en ruta la cana dando la vuelta
las luces azules que
qué querés que te diga

y la ciudad toda arremengada
para que le busquen la vena
no le impresiona la sangre
eso ya lo sabemos
si hasta a veces la revuelve metiendo dedo
pero no me digan, ni me cuenten
qué enfermedad están buscando
si somos como monos ciegos
vagando en un jardín de infantes
parece que no nos diéramos
cuenta que
el cáncer está en la carne

)crónicas dentro del arte(: las formas

El otro día escribí las siguientes líneas urgentes en una red social:

me acabo de dar cuenta que no me gusta que todo encaje…
la forma, la cosa está en el amor por la forma, por lo que desacomode…
la naturaleza es la forma, es la que todo el tiempo está desacomodando…
el arte quizá sea la desesperación por reproducir la exactitud del desorden…

Luego se dispararon varios comentarios, a la charla contribuyeron varios amigos (Tini, Javi, Pablo, Juan), y surgió un pequeño intercambio interesante:

(Juan) “Te metiste en un quilombo, llegaste al límite. Composición versus organización, problemita si los hay. Agarrate!”

(Quito) “muchas veces la locura es el camino más concreto…”

(Juan) “Romántico, pero no hablo de eso, hablo de modos de producción”

(Quito) “Producción artística desacomodada, contra planes establecidos, la falla como belleza, el error, sobretodo el error q me convence cada día más que será el acierto (de qué? quién sabe realmente qué es lo que está buscando?)…
así de romántico lo digo: el engranaje que se desacomoda acaso provoque que la máquina transite inesperados caminos…”

(Juan) “ Eso que tan bien describís es un modo de producción, modo composición, lo «incluye» al todo, modo arte, opuesto al modo organización que es excluyente de ese todo, modo capitalístico.”

(Quito) “el modo que te mantiene incómodo constantemente, porque quiere encuadrarte, encajarte, amoldarte… porque resulta sencillo de manejar lo que es acomodable… pero por fuera está todo lo demás, lo que está inquieto e incómodo, ahí palpita el arte, aunque a veces parece sucio, desprolijo, quizá sea el arte más vivo…
masticándolo, pienso, vamos y venimos a esto: para inquietarse tiene que haber algo que esté queriendo doblegarte, y para doblegar tiene q haber algo que esté desequilibrándose, el va y viene infinito donde cada cual ocupa el lugar q le corresponde y aparte los otros, los que nacen para ir pateando fichas de los dos tableros porq no pueden contenerse en nada, y tmb porq tras la acción está la reacción y la culpa…
(acaso la duda grande: ¿ser o no ser parte de este tercer grupo inestable?)”

 

Muchas notas pueden escribirse solas con la reunión de varios comentarios. Hubo uno de Javi (director de una de las obras que quiero comentar), que dijo “Totalmente de acuerdo, ya sabés por qué!!”.

Sí, ahora que releí la conversación que surgió, sé por qué. Porque razonar las necesidades espirituales tiene mucho que ver con las experiencias que uno vive, y cuando, por caso, uno se involucra con obras de teatro u otro tipo de expresión artística, se deja llenar de incertidumbres y siembra nuevos pensamientos.

Cuando quiero hablar de experiencias con el arte (éstas crónicas que cada tanto disparo), intento hacerlo desde el lado de las sensaciones, de los resultados, de las cosas que valoré. Lo técnico me tiene sin cuidado, básicamente porque prefiero hablar del arte al respecto de su sustancialidad y no de su ejecución, además de que soy muy limitado técnicamente.

Días después de ver estas dos obras, fue que tuve esta especie de epifanía y se liberaron ciertos razonamientos que me hicieron advertir lo que antes había sentido.

 

El diente hincado.
DienteDeLeónLa primer obra que vimos (como mi esposa), Diente de León, ofrece un escenario que puede ser lo que quieras ver, con una fotografía sugestiva: una especie de plaza cubierta de papel desgajado, y un sillón, envueltos de un clima cuasi desolado. Esos elementos y la protagonista que se mueve con ellos, y entre ellos, evidencian que la transmisión de los mensajes no necesita de palabras.

Con el correr del relato habrá otro par de elementos que permitan transitar los estados emocionales de la protagonista, el descubrimiento, la desesperación, la propia aceptación. Un abanico de estados tan personales que se hace imposible no sentir empatía con lo que está pasando, incluso sentir el impacto íntimo. La forma visual que estalla con el movimiento (la combinación de expresión y destreza en el aro), es demoledora.

La interpretación será libre: lo que no necesita palabras para transmitirse prescinde de palabras para interpretarse.

 

Lo oculto.
TrupofTrupof tiene a 4 actores en escena, pero en realidad son muchos más, múltiples máscaras y personajes. Tal vez la mayor parte de ellos escondidos detrás de lo innombrable, personajes que me arriesgo a decir que hasta se guionaron solos, saltando a escena desde lo profundo de los protagonistas.

Con público reducido y muñido de linternas, la puesta en escena es sencilla y a cuarto oscuro, con una propuesta interesantísima: iluminación apuntada. No hace falta mucho para imaginarse que cualquier mínimo destello abre cancha dentro de la historia, que incluso puede llegar a modificarse a merced de la permeabilidad para con el público que de algún modo tiene licencia para intervenir con su propia iluminación.

El contendido, otra vez, es algo no spoileable. Una historia que se arma de a pedazos, como fichas que van cayendo en el tablero, aunque todo esté siempre ahí. Y detrás de todo: lo que llena, lo que invade cada instante en que tomamos una decisión o estamos a merced de un destino.

 

Ambas obras son impactantes. Permanentemente demandan al público su atención, y por qué no su acción. Alcanza con decir algo que fue maravilloso visualizar cierta vez en el taller de narrativa del maestro ninja: se trata de historias que son como una cebolla, podés verlas completas sin demasiado esfuerzo, pero la obra misma te ofrece capas para ir desgajando y llegar a profundidades y conclusiones mucho más poderosas de lo que pensabas al principio.

Pero antes que eso, y sobre eso, el desencaje de la forma. El acierto de incomodarnos, conmovernos en lugares impensados. Los dos directores buscan moldear y ofrecer la obra sin reglas preestablecidas. Todo el tiempo proponiendo y probando, jugándose al desamparo. El gusto por caminar el barro o las paredes, por desamoldar y desamoldarse, por dejarte con una espina. Porque algo es posta: tras cualquiera de estas obras, algo te queda clavado y se te va hundiendo sin notarlo. ¿Qué mejor que eso? ¡Que el arte no nos deje ilesos!

 

infinite maybe

nudos sobre nudos
todo que va en montaña rusa
en caída libre, en calesita pegajosa
terreno inestable, para darle
magia

me atormenta que poestría sea todo
que seamos poestría
que si te cago un cachetazo
también estoy escribiendo
en tu rostro
en tus grietas
quizá mi mejor letra

pero nunca se sabe
es eso lo que hipnotiza
la cosa que siempre está llamando
aún que se haga la muda
un hilito
que va tirando detalladamente
tela de araña que brilla
si le refilás el sol
tan ínfimo el punto
que siento el abismo

lunes

en los colores del amanecer
se desvanece tu noche

en las miradas de lunes
se desvanecen
los que hasta hace un rato
fueron verdaderos sueños
que al morir
nos matan de amor
se van
por la punta de los dedos
se alejan a medida que
nos metemos entre la ciudad
nada-mos el día

lunes
tocar fondo, rascar la lata
tomar impulso con las menos ganas
¿al universo qué carajos le importa
el nombre que le pusimos a este día?

No pocas pulgas

Nuestra casa es de ladrillo viejo, de paredes de 45, y madera, mucha madera.

Cuando entramos a verla, después a elegirla, y por fin a vivirla, tenía piso de pinotea. Ahora, después de 2 años y medio de laburo, hay casi el doble de madera: pinotea en el piso, pino en el entrepiso. La casa es tipo PH, de doble altura y un poco más. Eso explica el entrepiso.

pulgas-adentroLa pinotea es un tipo de madera que no sé porqué se llama así, pero Wikipedia te lo puede decir. Lo que sí, tengo la sensación de que es un material que existió en forma primitiva antes que nosotros y después desapareció del planeta. Cuando nuestra generación llegó al mundo se encontró con muebles, y pisos, y puertas, y muchas cosas viejas hechas de esta madera. Pero nunca nada nuevo de esa madera. Seguro habrá una historia detrás de ese detalle. Una historia que no viene a cuento.

Lo que viene a cuento es que la pinotea de mi casa está vieja y medio podrida. Tengo que arreglarla en varios lugares. Las tablas se fueron rompiendo más que nada en la parte de la hembra, y se formaron algunas canaletas donde el polvo se acumula sin mayor esfuerzo. Alguien se ocupó (hará años), de tapar algunas de ellas con masilla, pero el tiempo abrió nuevas grietas en su corazón orgánico, y hoy tenemos más venas abiertas que América Latina. Canaletas 5 estrellas donde se hospedan las pulgas.

Pulgas, la maldición de nuestra casa.

 

Odiábamos con el alma el olor a mierda que nos pegaba un cachetazo bien temprano, cuando abríamos las puertas doble hoja: las de vidrio y las de madera, en ese orden. Un gato del vecindario se enfiestaba en nuestra galería, y meaba y cagaba sin miramientos. Si no conocen el olor de los desechos gatunos, no lo intenten en sus casas. Es la peor maldición animal. Es la penetración de la pestilencia hasta la más recóndita y dormida neurona del cerebro. Es la muerte de batallones enteros de glándulas olfativas.

Resolver. Siempre que se quiere resolver algo, se mueven hilos invisibles que desacomodan otras cosas. En el constante equilibrio en que vivimos como universo, resolver algo sería como batir las alas si fueras una mariposa. O sea, batís las alas para resolver la necesidad de estar suspendido en el aire, eso desacomoda el aire, y el aire… bue, eso tan repetido del tsunami.

Como me negaba a aceptar un gato ajeno, tampoco le quería poner piedritas para que cague, así que resolvimos el tema consiguiendo un perro: Nippur. Divino él. Caniche, blanco, marca perro, aunque dos por tres llueve y también nos pregunten que qué raza es, que es perro nomás, pero mirá que parece maltés; si, parece, pero no, es pepé. Así que caniche, medio pelo de estatura, y un montón de pelo de cobertura. Mucho pelo, onda lana blanca. Ovejero le podríamos haber puesto. Pero se llama Nippur.

Cuestión que el perro se las apañó para infundirle temor al gato. No es que sea muy cabrón, pero don gato y sus amigos no vinieron más al baño de casa. Una maravilla. Genios nosotros. Aplausos. Telón. Fin del primer acto.

 

Algo que aprendimos es que los problemas resueltos suelen multiplicarse. Y este problema, que había sido apenas un lindo gatito, tal como Terminator 2, volvió a nosotros dividido en miles de pulgas. Nippur, por una cuestión natural, resultó ser una especie de spa para nuestras amiguitas, que de simpáticas tienen nada. No son como las de los dibujitos, nada que ver. Éstas se te meten de paseo por la cabeza e imagináte un piojo 10 o 20 veces más grande. O se te acuestan a dormir sin que las invites a tu cucharita. Sentís la picadura y ni siquiera podés sacudirle cachetadas al aire, porque no hacen ruido como los mosquitos, y tampoco vuelan. Te acribillan, amanecés con la marca del colador que te pica la modorra cuando te levantás a bañarte.

Vas en la bici y te pica algo en la media. Te rascás, y resulta ser una amiga pulga. La expulsás de tus dominios, pero viajás con el temor de tener más compañeras encima. No querés pensar en que alguna se abandone en la alfombra laboral, y en una semana convertirte en el pulgoso que las contagió al mundo entero. Aunque no estaría nada mal picar un poco al capitalismo ¿no? Faaaaa…

 

El conflicto empezó como siempre: unos pocos contra otros pocos. Compramos la pipeta y chau problema, una batalla ganada. La segunda no hubo efecto con la pipeta, así que usamos el napalm para pulgas. Casi conseguimos erradicarlas, pero más problemas se presentaban, mayores aún: el mundo está lleno de pulgas, el perro sale a cagar al mundo, y, por propiedad transportista, nuestra casa resultó un excelente country para las pulgas. Con infinidad de localidades disponibles.

La guerra se declaró el día que un invitado nos dijo que lo había picado algo. Nos hicimos los boludos. Nos miramos con la flaca, frunciendo trompas. Dijimos qué raro, ¿ya empezó a haber mosquitos?. Ellos se habrán dado cuenta o no, pero lo cierto es que no hubo más comentarios. Al cerrar la puerta de despedida, agarré al perro y le pasé la mano a contrapelo. Parecía una cancha de fútbol tomada por los barras.

A partir de eso todo fue cuesta arriba. Una lucha sin cuartel, silenciosa porque no queríamos alarmar a ningún extraño. Sufríamos puertas adentro, y googleábamos infinidad de foros buscando la fórmula mágica y casera que no demandara llamar a un tipo con escafandra para que asesinara todo lo que osara tener una célula viva.
Aprendimos todo sobre nuestro enemigo. Cómo y cada cuánto se reproducía. Dónde ponía los huevos. Las etapas de las larvas. Los sitios donde amaban pasar el rato. Las formas de exiliarlas.

Probamos de todo. Tirábamos venenos tolerables porque estaba Simón: viven él y sus juguetes en el piso. Se habló de pastillas gamexane, pero era como lanzar la bomba atómica. Un amigo que hoy ya no está, me decía que pasara kerosene, que con eso solucionaba todo. Yo me imaginaba la casa llena de madera con olor a combustible y alguien que pide fuego para un faso. Llamarada Moe iba a ser un poroto. No gracias, prefiero vivir con pulgas.

También pasamos el lampazo y bañamos al perro con vinagre. Lo único que conseguimos fue vivir dentro de una ensalada por dos semanas. Otra opción fue ponerle ajo a la comida de Nippur, pero sólo aumentó su capacidad de cagarse horrible.

Todo un desastre. Bañábamos al perro cada semana. Un ritual infumable y horrendo. Ahogábamos las pulgas en una tasa con detergente. Desarrollamos la habilidad para cazarlas con una pincita de depilar, y las tirábamos dentro del agua. Las veías hundirse, nadando y luchando por sobrevivir. Antes de eso, cuando todavía no usábamos las pincitas, llegué a contar 500 pulgas, y no seguí porque ya no tenía espalda. El perro también le ponía paciencia, abandonado a las microcirugías que le hacíamos, rastreándole el cuerpo de la nariz hasta las bolas.

En una oportunidad, dejé a mi familia en Arrecifes. Tendría una semana de soledad, que se suponía tranquila. Podría leer, escribir, mirar pelis pendientes, y etcéteras que eran muchos. Pero llegué y sentí las picaduras. Era verano, las piernas de bermudas eran una invitación. Me atacaron sin misericordia. Pasé toda esa semana yendo a los saltos entre cama, y sillón, y cocina, y en las pausas mataba las pulgas que se me subían. No pude pensar en nada, ir a buscar algo era querer cruzar un campo minado.

pulgas-tapa
 Odié también tirar el veneno con un rociador por toda la casa. La nariz tapada y moqueando por el olor asesino. Las manos mojadas y engarrotadas de tanto presionar el gatillo. Cargar el botellón cada medio litro, unas 4 o 5 veces. Sacarme todo el enjuague y que me quede el dolor de cabeza, antes de cerrar todo hermético y subirme al coche para viajar 3 horas a mi ciudad. Volver post finde, con la esperanza de que se hayan muerto, que ya no estén más, que se haya terminado la pesadilla.

Así la pasamos, hasta que se quedaron Nippur y Simón, y la flaca medio alternando, como un mes en Arrecifes, y pudimos hacer una purificación más intensa. Las erradicamos. Y el perro volvió pelado a grado 6, muy parecido a una rata, pobre.

 

A hoy las mantenemos a raya. Creemos que pueden volver en cualquier momento. A veces, sentado en el inodoro ves una piedrita negra, partícula de lo que sea, y flasheás lo peor. La agarrás y le das así con la uña para asegurarte. Si hace esa explosión chiquita que avisa que sacaste una vida del juego, está todo mal. Ni hablar cuando el perro se rasca intenso. A veces lo escuchamos rascarse de madrugada, y se te mete el pánico en el sueño. Es como una historia de zombies.

Juro que pensé en prender fuego todo. Llegué a pensar en soluciones realmente irracionales, o demasiado costosas. Por ejemplo, pensamos en levantar toda la pinotea y poner cerámica. Casi lloré más de una vez de la impotencia. Es increíble sentirte presa de un enemigo invisible e implacable en tu propia casa. Es horrible masticar la bronca contra un ser vivo que sólo está tratando de subsistir al igual que uno. Ves el sufrimiento de tu mascota, el de tu familia, sentís el propio. Te retuerce por dentro y te llena de odio.

Y algo que me tortura, que me pesa: sentirme tan de izquierda y actuar tan de derecha. Ejecutar la guerra y el exterminio, como única opción. Supongo que la diferencia -ojalá haya alguna-, está en que siento culpa por esas muertes, y quizá no sea lo mismo que las extermine un humano a que otra pulga se crea superior y con el poder de destruirlas. Yo no tengo manera de comunicación que nos permita llegar a un acuerdo, en cambio, los de mismas especies, al menos deberían darle chance al entendimiento.

 
 
 

NOTA: Este texto fue originalmente publicado en el blog colectivo de escritores e ilustradores nacido a partir de los Masters de Narrativa y Dibujo de Universidad Orsai, que dimos en llamar Que no te falle el verosimil, y que invito a visitar porque va creciendo muy bonito. Las ilustraciones de este texto son de Federico Ben Cattan.

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