universos mínimos

 

[1 * hai k]

No era ella
Era él

 

[2 * convulsión]

El corazón golpea que me desarma la jaula
¿Cómo explicarle que se trata de un error?

 

[3 * planos]

Cierro los ojos y lo intento todo
(No hay chance), Sigue sin ser ella

 

[4 *                    ]

del amor
El agua evapora Desde arriba mira
Teme al frío Se precipita
El ciclo

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[5 * hai q]

No era él
Era ella

 

[6 * oportuniDad]

En soledad, el sonido lleno de silencio
Disponte a enamorar cualquier cosa

 

[7 * duda]

Era él Era ella
¿Qué tanto debería importar?

 

[8 * el bang] …

Tal es la punta de una flecha
que el mundo todo, discurre (t)
a por dónde debería pincharle

Ay de ese instante
en que todavía
da vueltas la incertidumbre

Ay de ese instante
en que todavía el universo
no se ha puesto de acuerdo

 

[9 * sentencia]

No era él No era ella
Eran

 

[∞]

Yo probaría esto:
Los haikus separados Tanteando solos el mundo

 

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medias medias rotas

Una viñeta de Macanudo me hizo acordar a una conversación en casa de mis viejos, donde salió el tema de las medias. Hablábamos de filmar a mi viejo pelando una naranja, para el taller de narrativa. Les contaba de las consignas para disparar textos. Así terminamos hablando de las pelotas de medias para jugar al fútbol en los recreos. Un ejemplo práctico y claro para explicar de qué iba la consigna de esta semana: hablar de un objeto.

De las pelotas hechas con medias se dijeron algunas cosas: Que las entrábamos en el guardapolvo, ahuecando la mano para taparla como si no tuviéramos nada. Que las señoritas nos podían boicotear el campeonato si la veían. Que jugábamos hasta cuando se desgarraba la pelota, cosa no muy difícil porque eran medias medio viejas, y al rajarse empezaba a perder tripas de tela. Faaaa, y lo pesada que se ponía cuando se mojaba. A veces pateábamos y la tirábamos a lo del vecino, perdiéndose para siempre.

Las medias siempre fueron un tema. Que te da paja cambiártelas. Que nunca tenemos un par limpio. Que no son como el calzoncillos que dura un día: ellas duran dos, como poco, si no tenés olor a pata.

Siempre me dio bronca quedarme sin medias, que no haya en el cajón. Mamá siempre nos cagaba a pedo porque las dejábamos sueltas para lavar y después no podía armar el par, se perdían. O poray teníamos un par de colores diferentes. Así íbamos a la escuela. Así voy a veces al laburo.

Cuando se rompen en la punta me da mucha bronca. Antes, mamá las cosía y les quedaba un repulgue violento que me hacía doler el pie. Ahora se me rompen en el talón, pero no se les puede hacer una zurcida. Calculo que el talón es por los cayos de caminar descalzo, y ya no la punta porque ahora me corto las uñas bien cortitas. Andá saber.

El color de las medias a veces tiene hasta más protagonismo que las zapatillas. Siempre que tuve zapatillas nuevas, inmediatamente busqué ensuciarlas lo suficiente como para que no llamaran la atención. Me fastidiaba mucho el “feliz estreno”. Con las medias me pasa lo mismo, pero tardan más en gastarse, no puedo andar metiéndome en el barro hasta la rodilla. Entonces, hasta que no se inventaron esas tipo soquetes para que las usemos nosotros los hombres, siempre pedía medias de colores oscuros. Con el tiempo conseguí vencer ese miedo y comprarme medias a rayas bien llamativas.

Otra cosa que me rompe es el invierno. Paradójicamente, te ponés medias para no tener frío pero transpira el pie y se humedecen. Y es un bajón caminar como en barro helado.
Bue, basta de escribir de las medias. No puedo hilar párrafo con párrafo. Ya casi no tiene sentido hablar de las medias. Habrá mucho más para decir, pero se me vació el cargador.

La viñeta encargada de unir dos cabos sueltos en mi cabeza (que sin embargo tenían que ver!), sencillamente hablaba de descubrir un agujero en la media. El horror:elhorror

El libro de Macanudo lo leía ayer. Pasando por arriba de las tiras, de forma mecánica, algo normal cuando se está cansado. Simón escuchaba la enésima repetición de un cuento a voz de su mamá. Yo también oía esa repetición, en segundo plano: vendría a ser como todo eso que se pierden los caballos cuando tienen los cueros a los lados de los ojos. Algo así pero audible.

El segundo plano se me ocurre que igual se graba y queda archivado, ponele que en la piecita del quilombo de nuestro cerebro. Lo que no implica que el resto de la cabeza no sea un quilombo también.

Entonces pasé por una viñeta, como por tantas otras: sobre ella. Pero a veces queda temblando como una especie de eco. Como el pequeño sonido de las cuerdas de un instrumento, que si están afinadas quedan insistiendo un buen rato. Así me pasó, y volví, y la releí, y miré los dibujitos con mayor atención.
Supongo que lograr la existencia de esos ecos hace que un pedazo de arte suene afinado, y se quede sonando por ahí. Vibrando para provocar quién sabe cuántas otras cosas.

Una de las razones por las que se me da esto de escribir, es que tengo muy poca memoria. Soy todo lo contrario de José el Rosarino, que parece una enciclopedia, le brota la info a cataratas. Yo en cambio suelo olvidarme de los nombres de las personas, o de datos relevantes, de reuniones o temas laborales que estuve viendo hace media hora. En ocasiones pregunto lo mismo varias veces porque no lo retengo. Quizá sea un déficit de atención.

Cuestión que pensando en todo esto, me encontré con que el cerebro guarda absolutamente todo. Quizás utilice cuartos alejados dentro del mismo edificio que supone la cabeza. Quizá se trate de una casa grande, una estancia, poray un pueblo o ciudad, no sé. Pero debe haber lugares alejados donde algún pequeño mecanismo de la cabeza archiva los datos que se graban del contexto, lo que sucede en el segundo plano.

Toda esa data, como si se tratara de un motor de Google, viene a la superficie cuando le ponés una palabra clave. Puede ser cualquier cosa. Le das enter, y el motorsito empieza a funcionar, trayendo una pila de carpetas polvorientas, donde esté la palabra clave.

Dos puntos serían importantes entonces:

• Cuanto menos común sea el elemento, mejor selección de cosas tendremos. O sea, si por ejemplo mi palabra clave será pelota, vendrán millones de recuerdos de fútbol y otras yerbas. Difícil será entonces obtener lo que estoy buscando. Es tal cual el mencionado Google, donde no es lo mismo poner fútbol que poner el nombre de un equipo o un jugador.

• ¿Qué hacer con toda esa info acerca de un elemento? Porque no solamente es traer todo lo relacionado a un elemento. Imaginemos que se puede estar semanas hablando de las medias. Muchas cosas serán interesantes, otras un bofe. Sin embargo, lo difícil será darles un sentido. Yo, por ejemplo, me enganché hablando de las medias, pero ¡no le encontré mayor sentido a hacerlo! Si quiero una historia, me cuesta mucho partir desde un elemento, a menos que ese elemento sea definitorio para mi historia. Y tampoco hablar de un elemento se vuelve tan emocionante.

Al fin, la conclusión sería, por arriesgar algo, que todo el archivaje que tengamos, todo ese archivo lateral almacenado en ciudades ocultas, o en bodegas inundadas, o en altillos por escaleras a través de 100 pisos, puede llegar a ser inservible si se lo toma como algo suelto. Pero si lo utiliza para adornar o echarle mano a narraciones, entonces su función aparece.

Particularmente suelo tener una reacción inconsciente para encontrarme con estos pensamientos: no puedo traer recuerdos o vivencias así como así por proponérmelo. Sería, y me ha resultado así, inútil intentarlo. Fracasé incluso con lo de la media, ¡es un ejemplo! O si bien traje algo desde esos recónditos y polvorientos estantes, quizá no fue lo que hubiera querido, o necesitado.

Debe ser que esta clase de memoria se recupera de igual manera que se almacena: en segundo plano. Cuando la cabeza enfoca un camino, asoman esos pastos crecidos que son el paisaje y en definitiva los que harán más ameno el viaje.

Sencillo método de Lanzamiento

Lo que hago bien
es vomitar
Aprendí gracias a la cerveza
que me dio alergia
y amigos más pesados con quienes andar
Tengo algunas figuritas difíciles
como la barra de un bar
las cortinas de una zapatería
el auto de Charly / Charly that
(También le grité Yo estoy peor que vos
pero fue antes de volcar)
La fama te llega
o te roza y se va…

Vomité rosa / y verde y más

+Procedimiento+
Leo
la salivada cual marea / anunciando el tsunami
oleadas de nausea, en la costanera
Estimo la urgencia
Encaro al depósito elegido
Grito en falso
(abro las compuertas sin grito)
la cancha de tu madre
la punta que nos parió
sos un hijo de tucas
soy un hijo de tuca
Lanzo

El estómago metiendo presión
no es algo menor
son contracciones para arriba
para un hombre, lo más cerca de parir

Cagado a palos
pero aliviado
Enfoco distinto
El sonido es nítido / ya no estoy sumergido

Me lavo la cara
y…
(aviso ilegal: a continuación viene lo que
algunos dan en llamar Pseudocódigo)

Si 1: [siento el estómago relajando]
|——entonces vuelvo a ser
Si no,
|——entonces 2: [Preparado!, el recital viene long play]
|——repetir +Procedimiento+ hasta que 1
Fin Si

 

 

Simón

 

 

 

 

otra cosa mariposa

 

 

Método en detalle prosaico, porque si nomás
Si hay algo que hago bien, eso es vomitar.
Tengo la capacidad de comprender la salivada que, cual marea, anuncia el tsunami. Empieza a llegar por oleadas. Es la nausea, tan simple como eso. Y tras eso, medir la distancia hacia el vertedero más cercano en tiempo. Con esos datos, solo resta levantarse con la urgencia estimada, y llegarse hasta el lugar de depósito. Una vez enfrentados con ese lugar, dirigir la boca como cuando le gritás a alguien en la cancha, o en la calle, o en tu casa, gritar sin grito hacia donde queremos dirigir nuestro contenido. Abrir las compuertas es lo siguiente. Y dejarse llevar.
El detalle del estómago metiendo presión no es algo menor. Son contracciones para arriba. Lo más cerca de parir que podamos estar nosotros los varones.
El vómito te deja como cagado a palos. Pero con cierto alivio. El primero, ya lo escribí muchas veces, se nota al abrir los ojos: Enfocás distinto. Pareciera que la vista nos explica que todo ha mejorado.
Con el oído pasa algo similar. No sé si exactamente se te destapan, pero la nitidez del sonido es mayor. Dejás de sentirte como sumergido en el agua.
Después lavarse la cara, y sentir que el estómago se está relajando en su sitio. Si esto último no pasa, habrá que estar preparados porque el recital viene de larga duración.

el bueno, el malo, y el perro

a Mandanga

EL QUE ABANDONA NO TIENE PREMIO. Boca campeón de amer

La ves y pensás: pared de mierda.

La frase del indio es maravillosa, pero lo que sigue te pesa mucho, te irrita las bolas.

Se ve que la cana o algún vecino los corrió. Vos, que siempre amaste a los Redondos, seguro hubieses esperado hasta que escribieran la “o” de premio, y después hubieras gritado como loco, para que se vayan, que no escriban la pared hijos de puta, la puta que los parió.

Lo que no sabés es si les hubieras gritado en plan hincha de River, o poniéndote la gorra porque estaban escribiendo una pared de tu barrio. Las dos cosas pueden ser malas. A cual peor. Ponele que ellos eran 4. ¿Te hubieras bancado gritarles ¡eh bosteros putos! ¿qué escriben la concha de su madre!?? Sabés que te iban a apurar y que ibas a quedar como un cagón, o cagado a bifes.

Y si te hacías el buen vecino y les gritabas, ¡eh!, ¿qué hacen ahí? ¡voy a llamar a la policía!, te ibas a sentir re gorra. Sobretodo porque no te molestan los grafitis. Lo que te molesta es ESTE grafiti.

¿Por qué tienen que enrostrarte a vos, que ellos son los campeones de libertadores?

Vos lo sabés bien: el fútbol es así. Sin un derrotado no hay victoria ni festejo. Es el yin y el yang girando en ese gris loco, para manchar al que se le ocurre. Y te da bronca que por mucho tiempo ellos hayan tenido la suerte de su lado.

Para colmo ese paredón es lo primero que se ve cuando salís a tu balcón. Está en el centro, en foco. Una luz de la vereda le da justito. Es cierto, vivís en un cuarto piso y podés mirar en línea recta al horizonte. Lo intentaste mil veces, pero cuando hacés eso sentís que te pesa la mirada, que te tira para abajo. Hasta que caés y los ladrillos te saludan, con su frase como una sentencia.

Cuando pasás por ahí todos los días para ir a laburar, y al volver también, mirás la pared con rabia. Así salgas para el otro lado, siempre le dedicás una puteada por lo bajo, una mirada de odio. El mensaje insiste y te come por dentro.

Te da bronca que los hijos de puta siempre ganen por penales, y que vos siendo de River tengas que soportar sus cargadas. Si, si, el yin y el yang y la mar en coche, aunque sepas que no serías tan hincha de River si ellos no existieran, te dan bronca. Y los necesitás como ellos te necesitan a vos. Si desaparecieran los hinchas de Boca, le comprarías la camiseta bostera a tu hijo para tener alguien a quien pelear.

Pelearse. Antes, porque te escriban la pared seguro te metías en alto bondi. Si hasta un día quisiste cagarte a trompadas con todos los de boca del pueblo que festejaban un campeonato en la esquina del centro. Decí que tu primo Mandanga te puso la mano en el hombro y te dijo, daaaale, andá para tu casa que no quiero saltar a defenderte contra mis amigos.

Ese día entendiste que el fanatismo extremo estaba de más. Pero igual te carcome por dentro esa frase, parece un cartel luminoso. Te molesta incluso estando de espaldas. Y ni hablar que por dentro festejaste (o por lo menos cerraste el puño), cuando Ñulls por fin rompió con los penales y la clasificación a las semis de la copa. Te acordaste de aquél momento igualito cuando les ganó esa final de campeonato por penales en el 91, Scoponi se atajó de todo ese día. Parece mentira, te puso contento, porque la pared quedó trunca y hoy tiene más razón que nunca: el que abandona no tiene premio, Boca camp… de nada. Qué bueno ver el muro como un presagio ¿no?

Pero la espina insiste, porque el que lo puso parece decirte en tu cara. Como si lo hubiera escrito y te hubiera tocado el timbre para reírse: sonó el portero y te quisiste matar porque te dijeron puto, mirá por la ventana, cagón. Tal cual lo de la bandera, que fue gratuita y la festejaron hasta los hinchas de otros clubes.

 

Un día no aguantás más y te comprás un aerosol, color negro. Te lo guardás en la campera, en el bolsillo derecho cuidando que no te vea nadie. No querés quedar como un vándalo. Llegás del laburo y te quedás merodeando la pared con desesperación. Caminás medio urgente, vas y venís en círculos. Pasa mucha gente que te mira extrañada. Abandonás la idea cuando caés en que tranquilamente podrías pasar por un dealer de paco, y te metés en tu edificio.  aerosol

Así repetís el proceso un par de semanas. Hasta que por fin te animás a cambiar la táctica.

Esta noche, en tu casa, buscás excusas para matar el tiempo. Y cuando se hace medio tarde decís:

–Gorda, nos olvidamos de sacar a Timus… ¿podés creer?

Hace un frío de locos, el invierno es inminente, te lo avisan los mocos y tu mujer que te propone hacerlo aguantar hasta mañana. No la escuchás. Vos sos el que no aguanta más. Ya no.

Salís con Óptimus. Esquivás los escombros de la ciudad que parece dinamitada. Culpa de un hijo de puta bostero también. Te vuelve loco eso. Si quiere adoquines, le darías adoquines por la cabeza.

Te ponés a pensar en eso, y sentís que el tipo maneja la ciudad como bostero. Como el codazo del Chiqui Perez a la boca de Scocco, o como cuando el mellizo lo hizo echar a Hernán Díaz al ningunearlo. Parece mentira, te decís; el tipo la bardea y habla de paz y amor. Se queja de la confrontación poniendo carita de yo no fui, y caga a palos a todo el mundo. Bien bostero, decís entre dientes.

Estás determinado, porque esto ya no es entre el que escribió la pared y vos, sino que se trata de un duelo de actitudes. Una disputa entre hacer trampa saliendo airoso, y los que siempre se están bancando la prepotencia.

Ya estás re caliente. Soltás el perro, lo dejás ser un rato, sin correa, total no anda nadie a esta hora. Él aprovecha y mea unas ruedas, y caga en la vereda del vecino que siempre anda de camiseta. No sabés si fue ese vecino el que escribió la pared, pero te rompe las bolas cuando agita como tarado, cuando grita los goles como si lo fueran a matar. Que le quede caca en la vereda es un acto de justicia.

Se te cruza que poray el que escribió la pared es el portero de tu edificio. El tipo es muy fanático, pero parece centrado. Si hablaste mil veces con él. Incluso de esa misma pared. Y él sonríe porque es bostero, pero ni le daría pintar la pared de un colega.

Estás seguro que fue el pelotudo del vecino jetón. Bien por Optimus que le cagó la vereda.

El perro se aleja pero no te importa, vos tenés otra cosa en mente. Te hacés el boludo, mirás y pateás con curiosidad unas bolsas que no parecen de basura, o mejor dicho son basura para unos y quizá algo útil para otros. Levantás lo que parece una repisa vieja, está hecha mierda, pero igual te sirve para hacerte el cartonero y acomodarte para donde querés.

El mueble  se te cae, queriendo. Te agachás a levantarlo y medís en la acción tu próximo movimiento.

A esta altura Óptimus desapareció de tu vista, pero también desapareció de tu memoria. Tenés en mente otra cosa, y es tan árbol en tu pecho, en tu ser, que no ves nada del bosque. Ni siquiera ves al rati que viene caminando a media cuadra, hacia vos.

Sacás el aerosol y le mandás un rayón grande, de un saque. Pensabas que iba a tapar más. Te das cuenta que necesitabas probar antes sin estar nervioso, que necesitabas práctica para hacer esto.

Las manos te chorrean de negro. Pensás en qué le vas a decir a tu mujer, y ahí te acordás del perro,  porque es blanco y si lo agarrás con las manos llenas de pintura la cagás del todo. Asumís que tu esposa tendrá que ser tu cómplice, no hay chance. Ya estás en el baile, tapás el Boca y alcanzás a manchar el camp. Queda el amer.

La otra frase no te importa tanto porque te gustan los Redondos. Quisieras taparla, callar toda la pared porque la memoria de esas cosas pesa mucho, pero ahora el perro volvió a ser parte de tu vida y se te perdió, y tenés que recuperarlo, claro.

Gritás el nombre, tranquilo, como quien no quiere la cosa. Dudás entre insistir con el aerosol o dar por hecho el trabajo. Dios, pensaste en tantas cosas que poner, y ahora te apagaste, no sabés qué escribir. Tampoco sabés si sos capás de escribir algo, aunque sea una pelotudez. Se te ocurre poner Boca vení que te gusta lamerla, pero ya tapaste el boca, la puta madre.

Llamás a Óptimus de nuevo. Cuando te asomás por la esquina ves al cana que está ahí nomás, como que levantó la cara prestando atención a tu gritito. Advertís que acelera el paso. El aerosol sigue en tu mano negra y fresca, lo que hace que  sientas el fresco de la transpiración.

No sabés qué puede suceder si el policía se da cuenta. Tirás la lata entre los trastos que estuviste pateando. El tipo no se va a fijar.

Te metés la mano en la campera, y el pequeño alivio que puedas sentir se traduce en la desesperación de cómo carajo le vas a explicar a ella la pintura en el bolsillo. Todo mal. Y el perro que no aparece.

Le gritás . –¡Dale que hace frío!

Se lo decís sin saber dónde está realmente, pero lo que te interesa es que te escuche el rati y no sospeche nada de vos.

Te está mirando, el cana, que ya cambió el paso por uno más sigiloso. Pensás que los de su raza deben tener un séptimo regimiento interno que les avisa cuando algo no está del todo bien. Mira las bolsas, te mira a vos y te saluda con la gorra sin tocársela. No sabés cómo carajo es que hizo eso. Tampoco se lo querés preguntar, más vale morir con la duda.

–Buenas. –Lo saludás, bien cerrado, apagado, sin interés. Habías pensado agregar jefe al saludo, pero en el segundo te diste cuenta que poray no te favorecía eso. Cogoteás un poco y llamás de nuevo al picho. –Optimus… puta madre.

–¿Todo bien? –pregunta el cana.

–Todo bien oficial –respondés, seguro de que esa palabra no va a caer como forreada. –El perro… no sé donde se fue…

–Se fue a cagar… –dice él. Y se voltea a ver que la pared brilla de pintura fresca.

–Mjé… –tirás como para que escuche que le festejás el chiste. Si es que fue un chiste. A esta hora nunca se sabe distinguir la ironía de la realidad.

El perro por fin aparece desde atrás de un volquete, a unos 15 metros. Te acercás a él, especialmente para alejarte del cana, que apenas te mira y vuelve la vista a la pared, y de ahí rápido a las bolsas que están desparramadas, y a las maderas que parecen de un mueble roto, y se queda un instante en lo que parece ser una lata de aerosol entre toda esa basura (porque para él es basura hasta que pase a ser evidencia de algo).

Sentís el tirón frío en la espina. Por esa razón se te pone dura la espalda. Seleccionás en dos pasos la mano que usarías si el perro no te responde y se escapa de nuevo. Dudás: agacharte con las manos en los bolsillos no parece una opción normal. Mejor seguir caminando y probar que el perro te siga con una orden.

–Vamos Óptimus…

Girás la cabeza para saludar al oficial. Él te está mirando, parece observarte desde antes, como estudiándote.

Eso te inquieta, pero bancás la parada. –Buenas noches… jefe…

Jefe. ¿Porqué decir jefe? ¿Porqué decirlo si estaba todo bien?

Te volvés y encarás para la puerta del edificio. Por suerte, Óptimus te acompaña.

Jefe. Sabés que lo dijiste en falso, que esa palabra te delató. No te animás a mirar de nuevo. Probablemente te está midiendo, el jefe. Probablemente está esperando que te dés vuelta y así confirmará tu delito. Te preguntará algo más para ponerte nervioso, para notar que no sacás las manos de los bolsillos.

Apurás el paso sin darte cuenta. Solo pensás en no darte vuelta. Basta de pasos en falso.

El tipo da un paso hacia vos. Lo escuchás como un estruendo. Sentís que se te va a colgar del cuello como un mono. Y te falta tan poco para llegar a la puerta.

Otro paso. Y otro. De ambos. Parece una coreografía.

Se prende la luz de la puerta. En ese instante recordás que la llave la tenés del lado de la mano sucia. Y escuchás que el cana se acerca. Por lo menos lo hace con paso tranquilo, pero en tu cabeza calculás que coincidirá su llegada con tu mano a la vista. No da para hacer el malabarismo de agarrarla con la izquierda, sería evidente. Encima la luz, te sentís en un escenario.

El que abandona no tiene premio.

La frase te salta a la jeta para recordarte porqué estás acá. O tal vez para decirte que si ya estás jugado, por lo menos lo intentes.

Te inclinás por lo último. Sacás las llaves con seguridad. Le murmurás algo al perro. Metés la llave. Escuchás el tambor girando y los pasos del rati. Dos vueltas. Empujás la puerta. Te apoyás arriba de la mano de un modo raro, pero tratando de no parecer un salame.

Lo mirás al cana a los ojos. Ahora que está todo ahí, el universo en un instante, no querés que mire a otro lado que no sea a tu mirada. Lo invitarías a bailar, si eso sirviera de algo. Una mutua mirada eterna. Parece amor.

Casi como un big bang, suena por ahí cerca una explosión como de botella estrellándose. Mata el momento, la mirada.

El perro ladra alarmado. Te ponés tenso, el cana también. El ruido vino más o menos de su espalda. Los dos vuelcan su atención hacia allí, pero a vos no te importa tanto el origen como el resultado.

Ahora el oficial se pone firme, atento. Vos sentís que se te va despegando y aprovechás para tirar de tu perro. El hombre murmura un buenas noches apurado, y por fin se va a investigar el ruido.

Te metés en el edificio, también apurado. Una vez adentro te aflojás. Llamás el ascensor pero suben por las escaleras. Antes de entrar en tu casa, suspirás satisfecho. Óptimus parece contento. Lo acariciás con la mano buena.

Alzás las palmas a la par, y te las mirás un momento. Yin y Yang, pensás. Qué loco.

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Yo soy tu amigo fiel

(nota publicada en la revista Arrecifes Sapiens de Marzo 2013, en la sección “Para mí”)

En mi vida le dediqué más horas que palabras. Quizá el lugar al que más he ido, al que más he recurrido. Voy a él cuando estoy bien, cuando estoy mal. Voy.

Me entretengo un instante nomás en los recuerdos con él, y se me llena el alma de momentos sublimes, profundamente únicos.
Leyendo Siddhartha, me quedaron en claro algunas ideas. En realidad, fue como hablar con un amigo, y casi decirle de igual manera a lo mismo. Un amigo (otro amigo), le escribió una canción hermosa. Al libro y a él.

La libertad de fluir. Tal como nosotros, gotas de un todo, que caemos solos. Donde caigamos. Podemos estancarnos. Podemos buscar en soledad hasta encontrar un río que nos permita aumentar velocidad. El común de los pueblos se estaciona sobre chorros contundentes de agua. La necesidad del hombre: el agua llama al agua.

Ya dije mucho del río. Y se ha dicho mucho más. Pero parece ser nunca suficiente. Como él, hablar de él puede hacerse interminable. Es que no alcanzarían las palabras del mundo para explicar su influencia.

Para mí siempre existió. La cercanía de mi barrio Las Flores (que tal vez deba su nombre a que el río siempre lo hizo florecer); la necesidad de visitarlo, como un imán llamando. Las primeras aventuras. Luego más historias; con la edad se suman historias.

La vez que casi muero, que me sentí muerto, fue a la vera del río. Una de las veces. Otra fue al resguardo de un arroyo (siempre el agua). Otra, ponele que fueran tres (sacando la del alacrán, cerca de otro río); también fue en un arroyo hecho cemento. Bajábamos como agua, y se nos cruzó algo así como un tronco. Por suerte seguimos fluyendo; ¡y con más intensidad!

¿Sirven las analogías para explicar lo inexplicable?

También está lo que duele. Para mí, muchos que lo agreden lo hacen porque no saben. No pueden sentirlo. No pueden tocarle la vida que contagia. No pueden verle la vida que contiene. Menos pueden escucharlo.

El Río es como un caballo loco. A veces se desmadra y no reconoce a nadie. Se engrandece, enloquece, y se hincha. Se pone ancho y no sé bien si es por bondad o por furia, pero abre largo sus brazos y abraza mucho.

Tiene una generosidad sublime, implacable. No juzga, no discrimina, no expía de pecados tampoco. No te pide ser libre, no necesita libertad. Simplemente ES libertad, y te la ofrece. No te obliga, te invita.

Si querés, te lleva con él. A nosotros nos llevó hasta donde tiene la humildad de desprenderse de sí mismo para volverse parte de algo mayor. Esos días dejé de ser hijo de mi viejo. Pasamos a ser amigos. Alto viaje de amigos. Los tres, amigos.

Podés jugarle en contra. Él insistirá tosudo, siempre fluyendo constante, sin pausa, sin cansancio. Puede llegar a demostrar debilidad, pero nunca estará herido de muerte. Puede estar acorralado, pero aún así seguirá adelante.

Es conmovedor verlo siempre ahí, esperando, paciente. Con su voz múltiple, de millones de idiomas, para todos los gustos. Para todos los oídos.

 

Una secuencia: Después de una curva, aparece el río, recto, desapareciendo en el horizonte, infinito. No ves que vaya a doblar jamás. Debe ser el único capricho recto en sus tripas viborosas. Anclamos la canoa en el medio del río. No tendría más de un metro de profundidad. La plancha al sol. El murmullo del agua. El río suele hablar más claro, cuando deja ver un poco las piernas. Las rodillas que asoman. Nadie puede pagar por esto. Nadie lo vende.

 

Búfalo Gil

Un poquito se nota la tierra ehh…Lu001

Tiré la última palada para cualquier lado. El pozo parecía una pileta olímpica. Me arrodillé a la altura de Luisina y le dije.

–Lu, mi vida, luz de mis noches oscuras, ¿en serio no te parece que es lo más práctico?

Ella me miró. La carita amenazaba tormenta. Viento y granizo. –No papi, me van a tener que comer a mí también…

Bajé los brazos. Bajé la cabeza. Estaba cansado en todo sentido. –Está bien… calculo que tenés razón…

 

Nos llevó como 5 horas moverlo hasta el patio. Fede y el Cabeza ya tenían preparada la cruz y se disponían a atarlo cuando llegó Luisina. Traía la pala, arrastrándola con aire solemne. No me quedó otra que decirle del asado.

Arrancamos temprano. Primero con el Cabeza, que vive acá a la vuelta y le conté ayer del asunto. No hubo caso, tuvimos que llamar a los otros. Hasta que vinieron matamos el tiempo rompiendo la pared, para sacar la puerta que daba al patio. La hicimos mierda porque el zarpado de Gil no pasaba. Para convencerlos que vengan a ayudar, la única que me quedó fue prometerles que lo asábamos. Después que lo sacamos, Seba y Tote agarraron la camioneta y se fueron a buscar leña porque íbamos a necesitar mucha.
Lo primero que hice fue empujarlo, pero casi me cago encima. Lo único que logré fue una especie de balanceo, como si en lugar de muerto estuviera dormido y se hubiera acomodado un cacho. También me gané un dolor de cuello que todavía me molesta. Me siento como las gallinas, que las cazan del cogote y las dan vueltas así, pa matarlas.Antes de llamar al Cabe pensé en una motosierra, pero iba a ser una carnicería. Si con la cuchilla ya había un charcazo de sangre, no quise imaginarme con la motosierra. Iba a parecer Viernes 13. Además, a la nena le iba a pegar feo, todo el enchastre, las paredes. Ni hablar de mi mujer. Además, me dio cosita, yo lo quería un montón. Ya me pegó feo el chasquido al hundir el cuchillo en la carne medio podri, no sé, como el de meter la pata en el barro. Encima errarle ala articulación y girar la pata resbalosa para que zafe. Una cosa de locos.

 

Dos días sin poder ver la tele. Ya me perdí el primer partido de la selección. Igual, aunque me fuera a ver los partidos a la concha de mi madre, algo tenía que hacer. Ya hoy a la mañana se sentía medio olor rancio en el living.

El veterinario dice que murió de viejo. Yo me permito discrepar un poco, porque para mí Gilberto murió por ver la tele tan de cerca. No sé, la radiación le afectaría de alguna manera distinta que a nosotros. Y si no fue por estar pegado a la tele, seguro fue por las novelas brasileñas y mejicanas que veía con Silvia. Son re zarpadas, te refritan la cabeza.

A lo último el bicho estaba ciego de tanta adicción. Otra mentira del veterinario, que decía que también era por la vejez. No me jodan, si yo también estaba viendo nublado por acercarme tanto.

Si hay algo bueno, es que estos días me dejó de arder la vista. Tendría que ir al oculista, pero se me aliviaron un poco los ojos. Pasó que me senté al lado de él anteanoche, y me corrió un frío medio bizarro, por dentro, como pegado a los huesos. La tía de Silvia decía que eso era el frío de la muerte. Sentado ahí, al lado de semejante mole en estado de descomposición, intentando ver Diario de Medianoche, por fin comprendí qué quería decir la tía.

Yo lo re quería, pero me dio cierto alivio que Gilberto se muriera. El bicho se ponía delante y no dejaba ver a nadie. La misma costumbre que tenía Luisina de chiquita, que poray se la contagió a él. La diferencia es que a Luchi le podíamos cambiar de canal y en un punto se aburría o se dormía. Pero con éste no era tan fácil. Era tan grandote, se ponía adelante y chau Natalia Oreiro, chau fútbol, chau las noticias.

A Silvia no le calentaba mucho eso. Es más, si yo le decía algo a Gil, ella me retaba a mí. Claro, si siempre disfrutó de mi desdicha. Con tal de romperme las pelotas se bancaba cualquiera. Decía mejor, así no ves política, que es una mierda y te pone nerviosho. La puta madre, me pone nerviosho que no me dejen ver lo que yo quiero.

Búfalogil002

–Encima empezás a los gritos y Lu se pone mal… –Me recriminaba, poniendo cara de voz baja, pero a un volumen normal. Se hacía la campeona delante de la nena, porque para la nena su Gilberto era tooooodo en el universo.

Así que agarré la costumbre de mirar sentado con él. Por lo menos era mansito, y le daba lo mismo mirar Crónica que la final de pato o Dulce Amor. Cedimos todos, está clarito. Gil se fue metiendo entre nosotros y se hizo su lugar. Y ya nadie pudo sacarlo.

Ahora, ahorita, ahorísimo, lo veo con sus ojitos perdidos, y parece que me dijera Ni muerto me sacan de acá. Y todavía no lo puedo creer, che.

la última del Rojo

Ser derrotado era su destino, pero esta vez el Rojo llevaría su maldad hasta las últimas consecuencias. Se estaba saliendo con la suya, tenía secuestrada a la rubia Natasha, y la mantenía cautiva cerca del Pozo del Olvido. Johnny Entusiastic había logrado rastrearlos, pero el malvado y la cautiva le llevaban una importante ventaja.

Para colmo, el maldito había matado a casi todo el equipo de Johnny, en una macabra emboscada bajo el Cordón de los Montanio. Los pocos sobrevivientes estaban peleando por sus vidas en el Bolsón de Nyles. Pero Johnny aún tenía una oportunidad de acabar con el Rojo y recuperar a su chica. Dios, la amaba tanto que haría cualquier cosa por recuperarla. Recurrió desesperado al heroico Sámuel Troik, su amigo con guarida en las cuevas de la Montaña Deslizante.

Sámuel era un tipo previsor, tenía preparado el helicóptero con combustible y armamento suficiente. También disponía de caballos entrenados para altas exigencias. Johnny no se demoró en idear un plan para dar caza al maldito Rojo. Sámuel le ayudaría.

El Rojo llevaba a Natasha a los empujones. Caminaban peligrosamente por el filo del Pozo. Su maldad no tenía límites: tenía a Natasha atada de la cintura, unida a la propia. De caer al vacío, morirían juntos. Se oyó el murmullo de un helicóptero que sobrevolaba la zona.

El malvado apuró el paso, y los condujo a ambos detrás de los escombros de una antigua construcción. Pensaba sorprender al último de sus enemigos y así derrotar al bien. Tenía todo planeado, pero subestimó a Johnny. Había creído que venía en el helicóptero, pero Johnny se había acercado a caballo, rodeando el Pozo y las ruinas, cortándole la vía por la espalda.

–¡Suelta a Natasha Rojo! No tienes escapatoria…
–Ni lo sueñes Johnny… ¡¡¡Ven a buscarla!!! Jajaja…

Arrastró a la chica nuevamente hacia el filo del abismo. La oscuridad de su interior parecía representar al mismo mal. Natasha gritaba histérica.

Johnny intentaba encontrar un modo de eliminar al Rojo sin que cayeran los dos al olvido. Tomó carrera aprovechando la ventaja que le daba no estar atado a otra persona. Logró acercarse lo suficiente como para abalanzarse sobre él y tumbarlo.

Cayeron al piso. Lucharon cuerpo a cuerpo, pero Natasha seguía presa del Rojo. Por fin Johnny sacó su cuchillo y cortó la soga, liberándola.

El Rojo se hallaba casi neutralizado, pero tendría otra chance. Sacó un arma y disparó contra Johnny, hiriéndolo en el brazo. Se incorporó y recuperó a Natasha. La arrastró unos pasos con él. Su plan daba resultado, pero entonces sintió la estocada de un puñal en la espalda. Johny había acertado su último lanzamiento.

El villano cayó de rodillas. El Pozo del Olvido parecía querer devorar su maldad. Aún tenía a Natasha tomada del brazo. La miró, pero no dijo palabra. Sólo la empujó a un costado, salvándola, y se dejó caer en el pozo.

La fortuna, o quién sabe qué designios, le dio un último aliento. Natasha se acercó al borde del precipicio, y encontró al Rojo colgando de una rama que sobresalía hacia lo insondable.

–Rojo! –gritó con sinceras lágrimas en los ojos –no eres tan malo después de todo…

El Rojo sonrió. Y se soltó, perdiéndose en el fondo del Olvido.

Mi playmovil, El Rojo, siempre aceptaba la derrota en plan de coronar las historias. En algún punto parecía que disfrutaba de ser el mayor protagonista de los giros dramáticos. La explosión contenida por un rato, el disparo certero en la frente o, como en este caso, la caída en cámara lenta hacia la profunda oscuridad del mal.

El Rojo era de los playmóviles de primera generación. Pecho rojo y brazos y piernas blancos. Las manos no le giraban, eran también de color blanco. Eso le suponía una ventaja frente a sus adversarios, porque así no tuviera movilidad en las muñecas, tampoco eran tan frágiles como las de las nuevas generaciones. Los héroes, por el contrario, siempre alternaban entre unos y otros por fracturas de muñeca, y hasta pérdida de la mano.

En cambio él, el Rojo, siempre llevaba el peso del mal. Siempre era el villano protagonista, por más que tuviera asegurada la derrota, el giro final en contra, y la pérdida de la heroína. Eso le bastaba.

Así las cosas, hasta que lo perdí en el Pozo del Olvido.

El Pozo del Olvido era un pozo ciego que había en la casa de Julito cuando estaban construyendo el quincho nuevo. Vivía casa por medio. Siempre estábamos jugando en uno u otro lugar.

Ese día Julito no estaba, pero la madre me había dejado entrar igual porque siempre me dejaba entrar igual.

Los escombros de la construcción eran ideales para las historias que nos armábamos. Bah, en realidad yo era el más creativo. Julito era medio limitado, pero siempre le ponía onda. Y además tenía unos plamóviles re zarpados. Auto, helicóptero. Yo tenía el barco pirata.

El Rojo esta vez cayó y se perdió. Metí la mano y no pude recuperarlo. Una angustia terrible. Verlo irse y perderse en la oscuridad del abismo. Todo por un final épico. Volví a casa desintegrado. No quería llorar porque mi mamá se iba a dar cuenta y me iba a poner en penitencia. Ella ya me había dicho que no jugara en el pozo ciego.

El día era de sol. El mundo tenía el olor de las mañanas de verano que van llegando entre la primavera. Son las mañanas más lindas, porque se parecen a los trailers de las películas, te anuncian lo lindo que viene, pero en un formato condensado. Así y todo, para mí se volvió una mañana negrísima,¡ qué digo! un entero día de mierda. Fue la primera vez que perdí un playmovil.

Le conté a Julito esa misma tarde. Yo estaba desesperado, no sabía qué hacer. Y solo podía resignarme a, como mucho, encontrar un nuevo malvado que por lo menos fuera la mitad de malo que el Rojo.

¿Dónde iba a encontrar semejante personaje?

Me pasé el resto de esa semana encerrado, sin salir a jugar, y sin recibir a nadie en casa. No podía creer lo que había pasado. Estaba deprimido, no podía pensar.

Al Martes siguiente apareció Julito por casa. Le pidió por favor a Mamá, que lo dejara entrar a hablar conmigo, que era un asunto importantísimo. Golpeó la puerta de mi pieza con entusiasmo. Gritaba mi nombre excitado.

Entendí que no podía pasarme la vida encerrado, así que le dije que pase. Entró con una sonrisa de chupetín que nunca voy a olvidar.

–Mirá Lucho, ¡encontraron al Rojo! –Dijo, y me mostró la palma derecha.

El Rojo estaba ahí! Acostado a lo largo de la mano de Julito. No se podía creer. Me abalancé pleno de felicidad y lo tomé en mis manos.

–Hay un problemita… –dijo, –parece que se rompió la espalda…

–¿Cómo?

–Si, lo encontraron los albañiles cuando abrieron el pozo para taparlo con los escombros… dicen que ya habían caído unas piedras grandes, y una lo habrá golpeado… no puede estar parado, parece que la espalda…

No continuó. Yo ya lo había apoyado en la mesita de luz. El Rojo había intentado pararse pero había caído de jeta. Intenté de nuevo. No hubo forma. Caía de jeta y quedaba culo para arriba. O sentado.

La tristeza me arrebató el alma una vez más. Estaba feliz, por recuperarlo, claro, pero verlo así nublaba todo de nuevo. Cómo podía haber sucedido? Y todo por mi culpa, por no haber detenido la historia antes de ese trágico final. Me sentía responsable por su lesión. ¡El Rojo estaba paralítico! Y yo paralizado.

No dudé. Si alguien podía hacer algo por el Rojo, ese era el indio Manga. Él quizá tuviera una cura para este mal. Ya lo habíamos visto resucitar un canario, y resistir en cueros mañanas enteras de invierno bajo cero. El tipo tenía poderes, y era nuestro vecino. Seguramente podía ayudarnos. Aunque probablemente aquello me costara un par de revistas de mi viejo. Manga era adicto a las aventuras de Gilgames el Inmortal y siempre se llevaba alguna revista cuando las vendíamos en la vereda para comprarnos caramelos.

Ahora que pasaron los años me doy cuenta que el olor de la casa de Manga era porro. En su momento entramos y creímos que era un incienso para los buenos espíritus. Si hubiéramos sabido que era marimba probablemente huyéramos asustados; pero ni se nos había cruzado por la cabeza.

Manga tenía todo tipo de posters de rock. Ahí vi nombres como Led Zeppelin o The Doors por primera vez. Parecía un santuario, con cortinas y algunas velas por acá y allá. Había revistas de todo tipo, desordenadas por cualquier lado. Tenía troncos en plan de adornos, y algunas piedras también.

No era indio, pero él nos había dicho que los peregrinos que preguntaran por el Indio Manga los mandemos para su casa.

Rió mucho cuando le contamos del accidente. Su risa era como una larga palabra alegre. Como si recitara un mantra en medio de la algarabía. Me pidió el muñeco y lo estudió un instante. Lo hizo parar y caerse sobre la mesa. Cerró un ojito, como pensando en qué hacer.

Nosotros mirábamos la escena cautivados por el entorno. Julito estaba medio cagado porque si se enteraba la mamá lo iba a fajar. Siempre le decía que el vecino era un jipi drogadicto que nos quería pervertir. Pero era nuestra única opción! Y yo solo no me anima a ir.

Pasaron unos 5 minutos eternísimos. Me transpiraba mucho la zanja del culo, pensé que me iba a dar diarrea y me iba a cagar encima. Siempre que me pongo nervioso me transpira el culo. Pero aguantamos, casi sin movernos.

–ok chicos… creo que le encontré la vuelta… – dijo muy tranquilo el indio.

Tenía en la boca un escarbadientes que llevaba y traía de un lado a otro, como un caballo comiendo pasto. Lo mordió y lo partió quedándose con una mitad entre los dientes. La otra fue a parar a la espalda del Rojo. Se lo mandó ahí y lo dejó de pie sobre la mesa. Le sobraba un pedazo de madera entre las piernas, pero ¿qué importaba, si eso lo mantenía parado?

–ahí tenés pibe… tu muñequito hecho y derecho mjé…

No dijimos nada. Le di una Dartagnan que tenía en la mochila y nos fuimos corriendo, re contentos.

Merendamos viendo Robotech y Mazinger Z. De ahí le pegamos hasta las 9 de la noche con una mega historia en el patio de casa. Esta vez lo dejamos ganar al Rojo, como premio a su recuperación.

Mañana sería otro día y, aunque volviera a perder contra el bueno de turno, el Rojo seguiría siendo el gran protagonista, el gran malvado a vencer.

Pero el destino juega sus cartas de maneras extrañas. Lo que habíamos creído una inmediata recuperación había resultado un tanto falso. Al día siguiente, nuestro amigo malvadísimo casi no quiso intervenir en la historia. Y al otro día tampoco tuvo muchas ganas. Y así se fueron desinflando sus intervenciones, hasta que empezó a no presentarse a jugar.

Sus ausencias se hicieron más comunes. A veces aparecía, pero lo hacía desmotivado, desganado. Para colmo, tanta atención sobre la situación del Rojo había marcado cierta distancia con Julito que los últimos dos días faltó a merendar, y yo preocupado por mi muñeco no me interesé en ir a buscarlo a su casa.
Confundido como estaba, pensé que la solución era recurrir al Indio Manga. Después de todo, él había curado al Rojo. Quizá pudiera ayudarme.

Manga me escuchó desde su sillón de cables rojo. Estaba echado mirando La Ola está de fiesta. Recién me miró en las propagandas, todo el rato que duraron. Pero no dijo nada hasta que volvió a aparecer Flavia en la pantalla.

–Te digo Luchito… quizá sea hora que… –buscó las palabras, las mezcló, retomó, –mmm, conocés a Dolina?, bue, él dijo algo que puede ayudarte a tener más claras las cosas… “todo lo que un hombre puede hacer, lo hace para levantar minas”…

Me quedé mirándolo, esperando algo más. Pero calló hasta que me fui.

Llegué a pensar que el Rojo se había agiornado, que se había vuelto una especie de padrino, y ya no quería ponerle el pecho a las aventuras. Era una actitud muy parecida a las mafias de Savarese.

Me inquietaba también que Julito siguiera sin venir a jugar. Até cabos, y temí que él hubiera querido convencer al Rojo para irse con él. ¿Pero con qué argumentos?, si Julito nunca fue tan creativo como yo. La fuerza creativa fluía dentro mío, y yo la volcaba con emoción sobre las historias. Nadie armaba mejores historias que yo.

Pero ahora el Rojo casi ni aparecía. Y cuando lo hacía casi que no quería intervenir; poray disparaba un tiro o hacía estallar una bomba, pero no mucho más.

Un día desapareció.

A esta altura no había dudas: se trataba de una traición. ¿Acaso el accidente había modificado su actitud? ¿Acaso me estaba pasando factura por haberlo abandonado sin hacer un último esfuerzo? A las claras se notaba que si yo no hubiera sido tan cagón de callarme, habría recuperado al mejor malo de todos los tiempos. Sin ir más lejos, Julito lo había recuperado con ayuda de los albañiles. ¿Acaso por eso Julito no aparecía tampoco? ¿Se había ido el Rojo con él?

Me embargó la tristeza. Dejé de jugar a los playmóviles.

Empecé a dedicarme a leer las historias del revistero del baño. Por alguna razón, creía que ahí estaba la clave del giro mafioso. Supongo que era por las palabras del Indio. Eran dignas de uno de esos personajes de historieta. Decidido a entender qué era lo que estaba sucediendo, me encerraba horas y horas a leer sin parar.

Al tiempo mamá subió el barco pirata arriba del modular. No me importó demasiado. Pero lo que sí me importaba era que a ella no le molestaban mis encierros. No parecía alarmarla demasiado mi actitud.

Un día la escuché hablar con mi tía Silvia.

–Daniel dice que es normal, que no me preocupe… que los chicos hacen esas cosas…

¿Cómo podían tomarse tan liviano la traición de un amigo? ¿No les importaba un carajo todo mi sufrimiento? ¡Y ni qué hablar que me hubiera robado a mi playmovil más querido! ¡Mi familia parecía confabulada también!

Un día llegué de la escuela y todos los juguetes habían ido a parar a una repisa. Ordenaditos, en plan de adorno como el barco pirata. Se los veía desanimados. Estaba claro que sin su némesis toda aventura se reducía a comunidades jipis de paz y amor. ¿Qué eran de todos modos la paz y el amor? ¿Qué podía ofrecer un mundo sin aventuras? ¿Sin el bien y el mal en lucha? Aquellas aventuras épicas se habían desdibujado entre la bruma de aquél amigo plástico perdido.

Tal vez el mal le hubiera ganado el corazón después de todo. O tal vez la oscuridad del abismo lo había marcado en el alma. ¿Cómo saber si la actitud se correspondía con aquél accidente, o si se trataba de una traición forzada por quien fuera mi mejor amigo, ahora devenidos en prófugos los dos?
Julito siempre me había envidiado por ser más creativo, y aprovechó la oportunidad de influenciar al Rojo para que me abandonara. No podía sacarme de la cabeza la imagen de mis amigos riendo de mí.

No lo soportaba. Ya ni quería ir a la escuela por no cruzarme con mi ex amigo que seguramente tendría al rojo en el bolsillo.

Pensé entonces en fingirme enfermo, y evitar así la humillación. Pero no llegué a tanto. Antes de poner el plan en práctica oí una nueva conversación de mi madre.

Esta vez hablaba con la madre de Julito, en el porche de casa. Amalia contaba que Julito también le había dado por encerrarse en el baño. Según ellas, esa era la razón por la que no nos estábamos visitando mutuamente.

–Están creciendo, se están descubriendo… –Las dos rieron. Joh joh joh.

Creí que me estaban cachando. Sabían de la traición y no les importaba un carajo. Cómplices. Sabían que yo las escuchaba, y por eso se inventaron esa mentira de que Julito se encerraba también en el baño. Si yo lo veía en el colegio muy contento con sus amigas nuevas. Ahora que Robertita le charlaba, seguro le contaba de su nuevo amigo el Rojo.

No podía más de la bronca. ¡Si hasta mi mamá se reía! ¿Cómo podía ser esto? Todos me engañaban y se burlaban.

No aguanté más y me fui para lo de Julito. Estaba re caliente.

Agarré por el fondo, porque ellas seguían ahí riéndose en el porche. Trepé el tapial y me colgué de la parra de la casa abandonada. Tan descuidado que casi me cago un porrazo arriba de los sillones de fierro oxidado del patio. La parra estaba medio seca, y crujía a punto de ceder.

Di 3, 4, 5 pasos enojados, sintiendo cómo se aflojaban los tornillos que tensaban los alambres. Me asusté, ¿pero qué mejor que caer de allí y que todos notaran el mal que habían provocado? Deberían pagar con la culpa por tanto daño.

Pisé pesado, buscando no sé bien qué. Pero llegué al techo y crucé la loza llena de otoño húmedo. Me acuerdo que pensé: De milagro las hojas no taparon el desagüe e hicieron un desastre.

Me asomé al patio de lo Julito. La pila de escombros y la otra de arena no estaban muy lejos. Hacía unos días que las venía midiendo con ganas. Ahora estaba arriba y tenía que animarme. Así que me tiré a la arena.

Romperme una pata sí que hubiera sido bueno. Así por lo menos dejaba el colegio por una temporada. Pero no, la arena me recibió amistosa. Caí medio de jeta, como cuando las olas del mar te pegan una revolcada.

Vino Zimba a juguetear. La acaricié un poquito para que no ladrara.

No tenía en claro qué iba a hacer, pero ya estaba allí. Agarré una rama del pino del fondo. Las habían apilado después que la tormenta del otro día. Entré por la puerta del lavadero que casi siempre estaba abierta.

Llegué hasta la habitación de Julito y miré adentro, pero ya sabía que ahí no iba a estar. Seguí hasta el baño, que tenía la puerta cerrada. No dudé. Manotié el picaporte y abrí de sopetón.

Julito estaba sentado en el inodoro, con una revista. Sin los pantalones ni el calzoncillo. Tiró la revista a un costado como por instinto y quedó expuesto. Tenía el pito parado.

En un segundo Julito pasó del susto a la bronca. Aunque tuviera un palo en la mano, yo resultaba era más inofensivo que su mamá.

–¿Qué hacés pajero de mierda?! –Gritó desencajado.

Se levantó y me pegó un empujón para apartarme y salir corriendo para la pieza.

No dije nada. Me quedé un poco shokeado con la imagen. Miré por todo el baño, pero no había rastros del Rojo. Sólo la ropa de Julito y la revista. No era una revista común, en la tapa no tenía guerreros.

La agarré y me la escondí bajo la remera.

Salí rápido por la puerta de chapa que daba del patio a la calle. Tiré el palo por ahí, y caminé hasta mi casa dando vuelta a la manzana, para que mamá y Amalia no me vieran. Cuando llegué a casa las escuché que seguían hablando, así que entré por el garaje.

Me fui directo al baño. Cerré con llave y me senté en el inodoro.

Me temblaban las piernas. Que yo recordara, nunca había visto desnudo a nadie. Haberlo visto así a Julito me había causado una vergüenza extraña. Me había sentido un invasor, una especie de ladrón.

No comprendía bien qué era lo que sentía ni lo que tenía que sentir. Para colmo, tampoco había recuperado a mi amigo el Rojo. Aquella expedición a la casa de Julito había resultado un fracaso, y quién te dice que no resultara también en un escándalo. Me imaginé a todos acusándome de meterme en los baños a mironear y robar revistas.

La revista. La tapa tenía una chica desnuda. La miré un buen rato sin entender el cosquilleo que de golpe sentía en el pito. La chica estaba en una bañadera jugando con un dinosaurio amarillo entre las piernas, rodeada de varios juguetes más que le flotaban entre las tetas. La espuma le tapaba los pezones y la concha. Yo sabía qué era la concha, pero era la primera vez que la veía así. Aunque no se viera, me emocionaba.

No me acuerdo el nombre de la revista. Me acuerdo el título: Ángela y Red te invitan a su fiestita. Y no me olvidé más de la historia que contaba adentro.

el amor en tiempos de wi-fi


Tenés al acecho una manada procreactiva
sos minita idiomática
ves pelis locas
escuchás bandas raras
Tenés todas las condiciones
para que nos caguemos a palos…
Dios, y yo que soy tan cool,
siempre escribiendo la frase acertada
/ si no mirá mis pulgares arriba / mis retuiteos

Pero, decime,
¿cómo hago hoy para enamorarme
de tus defectos
si todas tus fotos están enmarcadas?
Este catálogo me asusta todo
Lingerie con mar de fondo
¡Y no puedo verle las rayas a tu rostro!

El otro día subí al vagón de subte equivocado
Creí verte en otro, al pasar,
pero mi línea no parece tu línea
Viste vos, la tristeza del transporte
pone tan linda a la gente
que pude confundirme y creerte en otra…

Te compré esa mirada
sin pagarte un centavo
pero, ¡ay si te dediqué tiempo! / que es lo más caro
Fijate que ahora voy
por la calle tanteando
para cobrarme en metálico…
Casi en cada paso te encuentro
y en cada encuentro me estás cachando…
¿Cómo me asegurás que serás la misma?
¿O ya te crucé y seguí de largo?

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