imaginaria optimística

Observé la pared enfrentada con la ventana. La luz de la media tarde formaba el rectángulo de siempre. Ahí iba a estar el cuadro que pensaba pintar yo, con un surco en la pared a modo de carril, para ir cambiando la posición según entrara la luz del sol. Hasta había imaginado que los motivos cambiaran de acuerdo a la estación del año. Podía verlo, ahí colgado.


–Es grasa… –dijo Virna–. Cagás todo el comedor con una boludez así…

–Vos decís?… va a quedar buenísimo… vas a ver cuando lo haga…

–Te lo tiro a la mierda… y ni se te ocurra romper la pared…

–Vaaaaa… andá… va a quedar buenísimo, vas a ver…

–Ok, dale, hacelo… y antes de colgarlo hablamos… igual no lo vas a hacer, como siempre que flasheás esas boludeces y nunca las hacés…

–Vas a ver que sí, que lo hago y te gusta…

–Ok, hacelo… y preparate para q te lo tire a la mierda si no me gusta… igual no lo vas a hacer…

–Bue, hagamos esto: si lo hago te bancás que lo cuelgue al menos un año, dale?… Cosa de ver todos los motivos: un ciclo anual…

–Dale, hacelo… pero hacelo rápido y no quiero q me dejes las pelotudeces a la mitad por toda la casa que es chiquita y siempre está lleno de porquerías tuyas…

Por esa época desarrollé un talento formidable: imaginaba la casa con todas mis obras de arte colgadas por ahí, ostentosas en los rincones, brillantes adornando la pared. Mi casa era la casa de ella y, además, otra casa que yo imaginaba cuando divagaba, matizando nuestro hogar con mis delirios artísticos.

Lo malo era que la casa tenía poca gracia los días en que mi ánimo estaba por el suelo. Pero lo bueno era que las obras de arte mutaban según pasaban los días, y Virna no se enojaba por ello. Me había convertido en todo un artista, y aunque a ella no le agradaran mis ideas, podía plasmarlas sin molestarla. En mi imaginación, claro.

El cuadro se esfumó en un descuido. Cayó al piso y se desarmó en mil pedazos, lentamente se dobló sobre sí misma la pintura de un árbol onda Jack Johnson, medio seco, medio floreciendo porque arrancaba la primavera. Los colores desaparecieron por las estocadas de una escoba imaginaria, dirigida por los reclamos de Virna.

Claro, si nunca llegaste a pensar siquiera en cómo hacerlo, la oí sermonearme con su voz de te lo dije.

El sol se escondió tras las nubes y sus rayos ya no entraron tan briosos por la ventana, sólo una luz tenue. La pared quedó en blanco apagado, así como mis ideas, mis anhelos, mis obras de arte que amainaban la casa y los recuerdos.

Ahora estaba dentro de esta caja vacía y blanca. Y encima ni una Virna real para echarme en cara, viste que no lo ibas a hacer?, yo te dije…

Me senté en el piso, temiendo que las sillas o la mesa también fueran imaginarias. Tal vez yo estaba envuelto en este mundo de recuerdos locos, entremezclados en una suerte de baldío real y onírico a la vez, cruzándose las líneas temporales entre tormentosas expectativas.

Me dije si no hay Virna, tons tendré que imaginarla. Poray sí, si responde a mis ideas me permita mejorarla y recrearla con una imagen más optimística.

–Mirá Virna, juntá esas monedas de ahí de la mesa, que no las usé al final, decidí ir caminando… además, el bondi ahora cuesta uno veinticinco… sabías?

Virna me miró y se arrodilló frente a mí. Dios, sus pezones acariciaban la remera como timbres.

–You, me importa un choto cómo te hayas ido… el problema tuyo es que siempre estás volviendo…

Se acercó y me dio un beso, delicado, detallista. Breve como una flor de cactus.

A continuación abrió bien grande la boca y me mordió la nariz. Un dolor intenso y caliente me cubrió el rostro.

No necesitó decirme nada más. Para que sepa que así yo me la imaginara, ella, mi Virna, siempre iba a hacer lo que quería. Porque es Virna.

Porque una cosa es imaginarte tu mundo, como se te cante, de colores o sin motivos; pero otra, muy distinta mi sanganito, es que quieras imaginarte el mío.

r.canapé

más mía


Porque cuando decís esas cosas me pregunto a quién le estoy hablando, a quién le estoy dirigiendo estas frutas…

Putas, son muy putas / tus palabras suelen ser tan putas que su dulzura me gusta hasta empalagarme las ganas…
pero así y todo, creo que me (a)doro de calentarme tanto y que mis dedos se arruguen sobre la vos que pienso…
puedo hasta sentir creciendo mis colmillos…

Ni hablar de mi centro / como que me arrancaría las tripas ahora que te cuento…
Y si te dibujo húmeda te juro que pierdo el tiempo,
se me cae entre las rodillas, se me espanta entre los codos / oigo el zumbido de los segundos escapando a la velocidad de los minutos,
con la expansión de las horas entre días elásticos como los de verano a orillas de un arroyo fresco… / el dibujo de la eternidad más inexacto y pintado para mí,
y voz que me dijiste dentro de la cabeza: vamos, que acá cada tiempo que pasa es más vida que te tengo…

Si te tuviera dentro no podría ni respirar, ni pensar,
ni ocuparme de este lenguaje inicial y bruto / pero se me ahorraría darte forma,
así con esas líneas que sólo yo puedo ver (así que PERO sería con mayúsculas) / PERO / PERO / PERO…

O a vos te gustaría que yo siempre fuera el mismo? / Te gustaría si no apareciera en tus sueños y fuera ESE que tiene la forma que te conmueve,
que se mueve entre tu carne como un otro yo cómplice mío? / …

Lo confieso, estoy aquí porque puedo tenerte cuando no estás…
esa fascinación que me alimenta, de inesperarte INperfecta / acá donde se me agarran los músculos a los huesos,
donde se me tensionan los anhelos, donde el pelo se va haciendo pelo,
donde están los cortocircuitos que me caminan…
donde vos no llegás, sino tu otra / la vos que conservo (y que) es más mía que tu espejo…

nudos que no son mariposas

Hay un nudo en el estómago que se ajusta y se vuelve de esos que, uno sabe de antemano, no será fácil desanudar. A veces creemos que se trata de un nudo que jamás se desatará, y que quizá termine sirviendo ipara ayudarnos a subir por una soga. Pero también, otras veces, sirve para evitarte bajar.

Cuando aparece uno de éstos nudos, algo anuncia. Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido, y que perciben si algo aqueja a sus hijos, o que les revolotean mariposas en la panza cuando se enamoran, o no sé cuántas más cosas porque no soy mujer. En nuestro caso, el sexto sentido parece ser que es ese nudo en el estómago, dónde más? Podría haber sido en las bolas, pero sentir algo ahí nos confundiría con otras urgencias. La naturaleza es sabia.

Virna estaba de costado, dándome la espalda. Esa forma de la cadera descansada me excitó, tuve que frenar el impulso de volver a acostarme y amarla de arrebato. Por dos motivos, uno insignificante: debía llegar temprano al trabajo; el otro, más importante: la indignación de que Virna me niegue aún dormida; sería el colmo de la ninguneada para un macho con ansias de reproducción como yo.

El nudo apareció cuando le di el beso de despedida. Ella, medio dormida, torció la boca sólo para deshacerse de mí. Y ahí el nudo, una breve explosión que a veces se confunde con un pedo. Terminó de ajustarse cuando, cerrando la puerta de calle, me di cuenta que la única manera de alcanzar el bondi era corriendo.

No es fácil determinar el origen de un nudo de esta naturaleza. A mi intrincada cabeza suele costarle encontrar la punta del ovillo que disparó la certeza de que algo complicado va a pasar. Puedo pasar el día alerta en el trabajo, deseando que el quilombo esté ahí; pero sabiendo que la bomba me está esperando en otro lado. En el inconsciente siempre lo supe, pero el instinto conservador nos hace engañarnos a nosotros mismos sobre estas cuestiones.

Lo bueno de un nudo es que anuncia una hecatombe, y en general esas explosiones se dan de una, sin preámbulos. Esperan cautelosas, y están tan celosas que al mínimo chispazo te vuelan los pelos. Esta no fue la excepción.

Llegué del laburo y me rasqué un rato frente a la tele. Virna no estaba. Más tarde llegó, apoyando lo que traía de una manera decidida, pude sentirlo. El beso en la mejilla, esquivando el mío a la boca, terminó de convencerme que era cuestión de esperar. De última, como mucho, yo sólo necesitaba inventar algo, hacer algo, decir algo, para que ella tuviera la justificación para detonar.

–Hola mi amor… –pensé en decirle: porqué beso en la mejilla?, pero me entusiasmó más la idea de reventarle los sesos y acelerar el proceso. Ya no aguantaba este faquin nudo estomacal que no me había dejado comer en todo el día–. Ya compraste algo para comer? Porque me llamaron los pibes y ensayan hoy, y yo… –le dije, como quien no quiere la cosa.

(PUM)

–Boludo, me estás jodiendo?

–Por?

–Cómo por?… Qué soy yo, tu sirvienta?

–Porqué decís eso?

–No termino de llegar y me salís con que si compré para comer… y si compré es al pedo, porque te vas con los pelotudos al ensayo, a pelotudear…

–Eeeepa… bue, poray sí sos mi sirvienta nomás, si me acabás de dar un beso en el cachete… –tiré todo el alcohol al fuego.

(silencio, Virna tragando saliva)

–Sabés qué? Te vas a la mierda… TE VAS A LA MIERDA!!! –gritó, y entramos en la carretera del nudo, lo pude sentir, parecen unidos el nudo y el quilombo, se sienten, se atraen, instinto paternal, no había vuelta atrás.

–Cómo?

–Que no te aguanto más… que te vayas a la mierda… que me cansé… que sos un pelotudo… sabés?

–Claro, y desde cuándo estás cansada?

–Ahora me cansaste…

–Buá… ok, de golpe sos así de impulsiva… la concha de tu madre… –me calenté yo.

–No, la verdad que no… estoy hinchada los huevos desde hace rato, sabés?

–No, no sabía… ahora me lo estoy desayundo… y son la siete y media de la tarde…

–Ves? Siempre con tu pelotudeo… te pensás que es chiste siempre?

–Nop, pero qué querés que te diga?… Querés que te aplauda?… Querés que te pregunte qué te pasa, para decirme que nada, son ideas tuyas?

–Sos un pajero…

–Ok, hablá boludita… ya fue… hablá…

–Que hable de qué?

–Vaaaaaaaaa, va… ya me hiciste calentar, así que decí lo que tengas que decir y a la puta que lo parió…

–Ahora sos vos el caliente?

–Tas loca de la cabeza nena… estoy caliente porque te hacés la caliente, y después esquivás el bulto… largá la batata y a la mierda…

–No tengo nada para decirte…

–Bue, me voy…

–Ok, sí tengo… –y arrancó, acá me cantó las cuarenta y yo fui el comodín de todos los bardos, y todas las dudas y las certezas–. Ya fue You… no podemos seguir así… –bla bla bla, el argumento habitual que le sigue al no podemos seguir así. Bla bla bla un rato más–. En fin, todo depende de vos You… –Todo depende de vos You, caso cerrado. Pero no–. Si me dedicaras el tiempo suficiente, dentro de un tiempo verías que me terminás olvidando… siempre es así… no te preocupes porque nos separemos hoy, mañana cerrás el capítulo y listo, chau Virna… –Terminó de monologar, con un cambio de aire final hacia ese tono comprensivo e insoportable que tienen los psicólogos y los curas.

–Por qué creés que quiero deshacerme de vos?… No disfrutamos estar juntos acaso?… Porqué vos te querés deshacerse de mí?… –Le pregunté, algo desorientado.

–Vos no lo ves, pero estás cansado de mí… ya no es lo mismo… si fuera por mí estaría toda la vida con vos… y de hecho lo voy a hacer… pero vos…

–Yo qué?

–Vos no, vos te vas a ir, vos no vas a estar siempre… y lo entiendo… y fijate que no estoy enojada con vos al final… estoy enojada con esto de que nos cabriemos porque no podamos tener en claro las cosas… pero en fin, por nuestro bien, debemos llegar a separarnos algún día…

–Y Ese día es hoy(?)…

–Tal vez, yo creo que no, que falta algo más entre nosotros… pero sí es necesaria la distancia…

–Ufff, siempre es el mismo chiste: necesito un tiempo

–Claramente… pero el que necesita un tiempo sos vos… –lágrimas en los ojos-. Podemos tomar distancia cuantas veces necesitemos, pero igual tenemos que transitar juntos el final del camino… solo así un día estaré completa, y vos vas a poder estar con otras sin la culpa de haberme abandonado como siempre te pasa… –Me dejó en cambio. Si hasta se permitió perdonar mis deslices!!! Eso me escandalizó, y ella ni siquiera esbozó un reclamo–. Yo sé que siempre me vas a amar y no te vas a olvidar de mí, pero esto es necesario… ojo, siempre seré tuya aunque no volvamos a vernos… siempre voy a estar esperando, aunque seas vos el que me busque todo el tiempo… es lo que nos toca a cada uno, yo te esperaré pero no puedo buscarte… vos, todo lo contrario… –No supe discernir si lo que me decía estaba bueno o malo.

–Andate por ahí a buscar a otras… –continuó–. Intentá con otras, que no sean iguales a mí, que sean malvadas, locas… o no, porque poray yo soy malvada y loca… está con ellas y disfrutá… te voy a estar esperando cuando sea el momento justo… es la única manera de estar completos y de terminar esto tan hermoso que tenemos…

Quedé atónito. El nudo ahora era una piedra. Los tipos duros no bailan, pero lagrimean, sí señor. Me corría la sal por el lomo. Y lo peor es que ella tenía razón. Claro que sí. Sentía esa cosa de sacarme un enorme peso de encima, una presión tremenda de la nuca; que podía abrir la boca y respirar llenando doblemente mis pulmones. Sentía que el sol estaba saliendo allá afuera y no la luna. O los dos, quién sabe. El nudo-piedra seguía en mi estómago, y era del tamaño de la ansiedad por volver a verla ahora que la perdía (como pensar en el segundo cigarro cuando estás fumando el primero). Un agujero donde ella, y solo ella, podría ocupar el vacío.

Me alegró esa distancia precipitada que nos despegaba, pero me alarmaba esa incertidumbre de no saber si besaría esos labios otra vez, después de esta última que quedaba. Quedaba una última después de todo lo dicho? Quise recordar el último beso antes de esta tormenta. Había sido aquél descuidado por la mañana?. Maldije no haber aprovechado cada uno de ellos como si fuera el último. Siempre nos maldecimos por esas cosas, es la estupidez de los que sobreviven en un funeral. Qué iba a hacer ahora? Un gran signo de pregunta me alentaba y el nudo-piedra que iba a estar allí hasta que volviéramos a encontrarnos. Si algún día yo era capaz de encontrarla.

Me acerqué y marqué el momento con ese beso que necesitábamos llevarnos. Porque sí, porque lo merecíamos después de todo, y aunque todo, y sobre todo. Y porque para viajar, uno tiene que tener algún boleto de ida y vuelta.

Cuando nos separó la angustia, pudimos ver que la tierra se abría bajo nuestros pies. Un abismo. Todo dicho.

Rodeé la mesa y advertí sobre ella las monedas de un vuelto que hacía un rato yo mismo había tirado, tan desinteresadas por la escena. Brillaban gastadas, como el beso que se me iba apagando dentro. Fueron el último destello antes de mi partida.

Caminando bajo luces raras de una ciudad que me resultaba extraña (no hay cliché más acertado para explicar mis sentimientos), pensé en todo lo que había dicho Virna. Y la extrañé con la garganta y los dientes, y la sangre y la carne, y con todo lo que no se puede tocar.

Y me esforcé por imaginar una despedida más poética, sin tanta explicación de por medio, como a ella le hubiera gustado. Tirándome unas monedas para el viaje, en lugar de este beso, que vamos a ver cuánto me dura hasta pedirme la vuelta.

r.canapé

No, yo más


Me dijo un amigo, padre de un amigo, que yo no me iba a sentir padre hasta pasados unos meses de nacido mi hijo. Que al principio el chico es de su madre, se entiende con ella, y casi no interactúa con uno más que para solucionar cuestiones escatológicas o cóleras espontáneas por estar en un mundo que le habla en otro idioma y al que no puede comprender del todo. El pibe está como drogadísimo todo el tiempo, eso es así.

El hijo de ese padre amigo, también padre y amigo, me había dicho lo mismo; agregando que no me sintiera un hijo de puta por eso, que al final de cuentas el amor llega y esos primeros días se desvanecen en una anécdota para padres primerizos, con palmada incluida.

Pero hay más, se agrega la presión de saber que por el resto de nuestra vida vamos a tener que competir en una lucha desigual contra la madre, por demostrar nuestro amor. Porque uno tratará de mostrar afecto a su hijo y pretenderá que él lo entienda así, y bla bla bla, pero la madre intentará demostrar que ama más a tu hijo que vos mismo, porque ella lo parió, ella lo sufrió, ella es como la dueña indiscutida. Cada discusión tendrá la balanza a su favor por el hecho de cargarlo unos meses en la barriga (que no es poco, para nada), y después darle teta hasta el cansancio y la deshidratación.

En fin, con mi mujer se dio una charla, el primer sábado que dejamos a nuestro hijo con sus abuelos, para salir.

Ella: ayyy, no veía la hora de venir…

Yo: por? estabas aburrida?…

Ella: no, pero extrañaba mucho a Simón…

Yo: si lo dejamos unas horas, él iba a estar bien… (hecho fáctico, teniendo en cuenta que ya estábamos de vuelta y el niño dormía a nuestro lado)

Ella: si, pero lo extrañaba… vos no?

Y ahí aparece la distancia entre mi amor y el de ella. El vos no? que nos condena. Porqué habría de extrañarlo tanto? Tanto como ella? Cuánto es su tanto, y cuán menos es el mío?

Me la quedé mirando, tratando de encontrar palabras a esta cuestión que si la dejo crecer será un grillete de hierro de por vida y no una simple piedrita en mi zapato de los primeros días.

Lo medité en el instante, y la conclusión fue que la madre sí extraña más. Y es porque desde que nace el hijo se está despidiendo de él. O sea, desde la gesta, el chico está con ella, primero es ella y luego está dentro de ella por alrededor de 6 meses. Pero cuando nace, empieza la separación, cortan el cordón y él se va con una enfermera. Después vuelve para mostrarle a mamá que está todo bien, que estará con ella porque estuvo dentro de ella y es el único ser sobre la tierra al que él reconoce instintivamente y primitivamente; y porque necesita la teta. Pero llega la caca y esta vez lo limpia el padre. El chico empieza a interactuar con el mundo. Y eso, aunque sea el padre, lo separa de la madre. Y así progresivamente, el chico irá desprendiéndose, liberándose, emancipándose de su madre. Y la madre extrañándolo cada vez más, despidiéndose de él; sufriendo cada minuto que el chico está alejado, y trasladando ese sufrimiento al tamaño de su amor. Cómo poder compararse con ese tamaño?

En cambio el padre, apenas nace el chico lo agarra como agarrando cualquier criatura (salvo la tranquilidad de que si se rompe, es propio). Hay amor, claramente, no somos tan salvajes. Pero debemos reconocer que el chico en nuestros brazos ahora viene a poner distancia entre la madre y nosotros, coartando para empezar nuestro instinto de reproducción, que vendría a ser de nuestros motores el que más gasolina necesita para andar. Para nosotros el bebé es un ser extraño al que empezamos a convivir, más que nada, por una vaga idealización de un sentimiento que aún no maduró realmente dentro nuestro. Con el chico tenemos nada más algunas patadas o piñas panza de por medio. Y una guerra declarada por el tiempo de la madre.

Así que tenemos a nuestro enemigo íntimo en brazos y tenemos que limpiarlo, y mordernos los dientes hasta que duelan los oídos por no tirarlo contra una pared cuando llora. Porque no lo entendemos, no estamos preparados animalmente para este tipo de situaciones.

Pero como pasa siempre, por aguantarse mutuamente, las personas terminan pareciéndose y siendo amigas. Y ahí empezás a encontrarte con tu hijo, a darte cuenta que no era tan malo después de todo. Empieza a mostrarte que te reconoce y que su mundo empieza a ser algo más que la teta de su madre. Y es en ese momento, en que el padre canta sus primeras victorias por sobre la madre, cuando comienza a nacer el auténtico amor por el hijo, porque se vuelve cómplice del robo de amor a la madre, porque te muestra que él vino al mundo para hacer lo que se le cante, y a un padre le encanta que su hijo se rebele especialmente con la única mujer que a uno lo vuelve loco y lo trata de manejar todo el tiempo.

Por eso, nosotros lo padres, estamos a la inversa de las madres. Nosotros no extrañamos a nuestros hijos tanto como ellas, porque nosotros nos estamos conociendo recién ahora con el ellos. No nos estamos despidiendo cada día un poquito más, no nos estamos despegando. Nosotros nos estamos encontrando, pegando, jugando cada día un poquito más.

Y sí, extraño mucho a mi hijo. No tanto como lo extraña la madre. Nunca será tanto como la madre, porque nunca me voy a encontrar tanto con él como lo hizo con ella al principio.

Aunque la verdad, mejor, porque si no nos mataríamos a palos. No sé cómo hacen las madres que se dejan ganar la libertad a manos de chiquitos con días de vida, mientras que uno para tenerlas un poco a tiro, pasó las de Caín.

(dedicado a mi familia de tres amores)

esquela de calles vacías

Virna por dónde andas?
Es domingo por la mañana (casi mediodía)
Y la luz entrando por la ventana
insiste en buscarte
…y no te encuentra

Sabés? Desde que no te veo,
apenas nace el domingo
ya está muriendo como si fuera la tarde…

Ya sé, no debería andar haciéndome el poeta
Si por esa ausencia
me mandaste a huir…
Será un afortunado exorcismo?
Quiero que no, porque eso diría
que ya no te necesito…



r.canapé

julio cortázar – carta a una señorita en parís

publicado en Bestiario, en 1951

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar… Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.
Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá… Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enteraría; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.
Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro… entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubera sido preferible matar en seguida al conejito y… Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable… Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo… y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.
Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro —quizá, con suerte, tres— cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aun—que yo… Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)
Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas… ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un click final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a Lavanda, en el fondo de un pozo tibio.
Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija—ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pudee me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.
Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.
Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.
De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)
Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches —sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches— y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.
Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano —yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo—; y se comen el trébol.
Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos —un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses—, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.
No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro —no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha—. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.
Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡ Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vaina esperanza de que no sea verdad.
Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa —usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos— y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido —en su infancia, quizá— que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).
A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si… para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.
Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón —porque Sara ha de ser así, con camisón— y entonces… Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.
Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora — En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.
Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes —no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.
He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo… En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.

fuente: la tremenda cabeza del genio julio

imagen: http://atabanza.wordpress.com/2010/06/16/julio-cortazar/

evolución

«Ven a dormir conmigo; no haremos el amor, él nos hará»
Julio Cortázar

Y yo te digo:
que nos encuentre el amor, así nos pese el sueño,
que para dormir sobra vida…
Después de ella dormiremos aún más,
y en ese lecho de soledad no quiero lamentar
las horas desgarradas sin tenerte en brazos…
en esas comuniones que se dan únicamente cuando
yo te necesito a vos, y vos a mí;
que no es siempre,
que son puntos en nuestras historias infinitas…
irrepetibles momentos,
chispazos en que buscamos nuestro polo,
y estamos allí, el otro, para satisfacernos…

No es siempre…
por eso, que va!, si puedo burlar al tiempo…
y burlar al resto…
y allá ella, la sociedad, y sus demandas,
si esas horas a nadie importan.

Lo que importa es que justo en este momento
vos tengas ganas de mí
y yo de vos, y así rompernos el uno al otro…
Y qué me importa si el mundo mira, si el mundo espera, si el mundo…
me importa que vos ahí, y yo también…
que morderme, alimentarte, me gusta, nos gusta,
me alimento, y sos la sal justa…

Y me derramo como solo hoy,
(cera en tu calor, velas inflamadas con el amor en fuente),
somos un destello…
de esos que hacen la belleza de la humanidad…
ese porqué que explica tanto desequilibrio…

la delgada línea diplomática

De lejos se veía como un tubo de dentífrico aplastado en dos, las rodillas para adentro casi rozándose. Caminaba moviendo el culo como esas bailarinas hawaianas que saltan de una cajita musical cuando la abrís.

Cuando caminábamos a la par, en ocasiones tenía que apartarme un poco para que no me topara y nos tropezáramos. Depende el día, sería la humedad, no sé. Si íbamos de la mano, yo intentaba contener sus zarandeos para no perder el equilibrio. Poray la agarraba de la cintura y le marcaba el ritmo. Me daba mucha gracia esa forma de caminar estilo chica de pasarela. Siempre pensé que se trataba de un viejo anhelo oculto por ser modelo.

Por supuesto nunca se lo había preguntado. Hay cosas que es políticamente correcto no mencionárselas a una mujer. Me odiaría al menos un día o dos si acaso sólo se lo insinuara.

Caminábamos por la costanera. El sol se aplastaba contra la ciudad y coloreaba lindo este lado del río. A nuestras espaldas se elevaba una columna de humo que no veríamos hasta declarada el alerta en las calles.

Virna estaba tranquila, paseábamos sin prisa, medio abrazados. Quise darle un beso de película recostándola entre mis brazos, pero me salió malísimo y torpe.

—You, tenés mal aliento… —me dijo con cara de rechazo; y tuve ganas de soltarla y que reventara de espaldas contra las baldosas.

—Uhh, disculpame… —la incorporé. Me llevé la mano a la boca, luego a tantear los bolsillos—. Fahh, encima no tengo chicle…

—Tomá, yo tengo… —dijo canchera y triunfante. Y no sé por qué extraño chip en su cabeza, la mina se súper excitó al bardearme tan gratuitamente y potenció su andar ladeando la cadera aparatosamente como si fuera una diosa. Me la quedé mirando sin poder creerlo. Sólo le faltaba un ventilador al lado, llevándole el cabello Sedal para coronar una publicidad de chica free.

Me extendió el chicle sin mirarme, convertida automáticamente en una mina de catálogo, una diva inalcanzable, piba de shopping. Le faltaban las bolsas chetas colgando del brazo dobladito, con muñeca quebrada y cigarro para abajo.
Se notó de una en mi cara la gracia que me causaba verla caminar así. Y eso la trajo de vuelta al mundo de los mortales.

—De qué te reís?

Una sirena de bomberos comenzó a sonar a lo lejos.

—De nada, una pavada…

—Qué pavada?, decime… —se frenó y acomodó la cadera para apoyar la mano.

—Nada, una boludez te digo…

—Si es una boludez, decime… Cuál es el problema?

—Pero vos te vas a enojar, ya te conozco…

Las sirenas empezaban a multiplicarse. Podía oír por el rabillo de mi oreja el zumbido estéreo de las autobombas cruzando la ciudad. Me parecía que eran muchas. Demasiadas tal vez.

—Me enoja que no me lo digas… Dale, decime… —arengó con la mano que no tenía en pose con la cadera, como queriendo atraerme con los deditos. Cabrona, desafiante.

—Naaa, una boludez, ya te dije…

—Decime entonces…

—Ok, pero no te vas a enojar?

—Nooooooooooooooo… Dios, noooooo… —suspiró superada.

Pasó un autobomba por nuestro lado y pensé: paren acá muchachos, el incendio es acá.

—Ok, caminás con las rodillas así, pegadas… —lo grafiqué y di dos pasos para explicarme mejor—. Siempre me pregunté si lo hacías a propósito para hacerte la linda, o si te salía natural posta…

—Porqué no te vas a la concha de tu madre?… Sos un pelotudo…

Volví a reírme. Esta vez con una sonora carcajada.

—Encima te reís?… De qué te reís ahora?

—Jaaaaaaaaaaaaa, de que te enojaste…

—Porque sos un sorete, me decís esas cosas… Qué? Sos perfecto vos?

—Nop, yo tengo mal aliento…

r.canapé

training days

let’s walk the world together…
let’s make the way together…
let me show you my view
and then create your own universe…
and let’s enjoy together…
and let’s share our happiness with everyone…
and let’s change the world together…

los piecitos frescos de sai, listos para caminar el mundo a su modo…
foto por quito, enero de 2011, mezclando universos…

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